Nuestro mundo

Y mientras la raíz etimológica de virtud es compartida con la de fuerza o virilidad, de una mujer virtuosa lo que se espera es sumisión...

La mitad vivimos en otro mundo, aunque parezca que es el mismo. En ese, nuestro mundo, la decisión de tener hijos se vive de una manera literalmente pesada. Si por una de esas casualidades a las que se llama descuido y que tantas veces no son otra cosa que el acceder a la amenazante solicitud de la pareja de hacerlo sin protección, lo que en el otro se verá como proeza en nuestro caso se pondrá en el apunte de la ligereza. 

Si a la maternidad se llega con plena conciencia, dicha convicción viene con valoraciones que jamás se impondrían a los varones: ¿Seguirás o no trabajando? ¿Con quién vas a dejar a la criatura? ¿Qué tan egoísta eres por poner las cuestiones económicas o la realización personal por encima de su bienestar?

En ese, nuestro mundo, para cada entrevista de trabajo analizamos cuidadosamente cómo planteamos el asunto de los hijos: “Por ellos ni me preocupo, mi mamá me los cuida”; “tener niños me ayuda a ser más organizada, no hay nada que se le atore a una mamá”; “nunca he tenido problemas para que me los reciban la guardería y, por la tarde, si me tengo que quedar horas extra no hay problema, tengo una vecina muy buena que siempre me los va a buscar”.

Por el sueldo, obvio, ni chistamos. En este, nuestro mundo, es tan raro que nos den un trabajo, que definitivamente no es cuestión de ponerse quisquillosa con la remuneración. Tampoco con las tareas que estamos dispuestas a realizar: en nuestro mundo todas tenemos lista una sonrisa lo mismo para el piropo que para el mal genio y, qué va, no hay título universitario, ni nivel jerárquico que nos borre de la mente la programación para brincar como resorte para servir un café.

Al salir del trabajo, derechitas a la casa, ya bastante les hemos quitado de tiempo a nuestros hijos como para distraernos un minuto más. En nuestro mundo, para la cena y el aseo nos esperan siempre pacientemente. Es su forma de demostrarnos que les importamos, que nada es igual a recibir la tortilla calientita de manos de mamá; en nuestro mundo esto debe ser una razón de orgullo: ¡somos insustituibles!, fatigadas, pero insustituibles. Y es que así nos acostumbró mamá. Ella era igual. Qué iba a dejar que papá se levantara por algo. Desde bien chiquitas nos enseñó cómo el calor de hogar se crea quedándose junto al comal mientras los señores comen. “Ya habrá tiempo para sentarse una”, decía mientras se apresuraba a comerse de pie un taquito y arrancaba a continuar con sus quehaceres.

En nuestro mundo no escogemos nuestra ropa porque nos guste. La elegimos en función de los que viven del otro lado de ese espejo que nos vuelve idénticos, pero opuestos. Porque, no importa lo que nos pongamos, para ellos no es una vestimenta, sino un mensaje: “Acércate”, escuchan de parte de una falda. “No me mires”, les gritan unos zapatos bajitos. “Soy todo, menos una mujer recatada”, juran que les han susurrado unos aretes largos. 

Y es que en nuestro mundo, las palabras quieren decir cosas opuestas a las que significan en el universo masculino. Y mientras la raíz etimológica de virtud es compartida con la de fuerza o virilidad, de una mujer virtuosa lo que se espera es sumisión. Mientras que un hombre público es conocido y reconocido, una mujer pública lo es sólo a través de la posesión que de ella ejercen múltiples hombres.

En este, nuestro mundo, somos siempre más pobres, menos escolarizadas, peor pagadas, constantemente violentadas. En este, nuestro mundo, la igualdad es una mera apariencia.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com