Melenchon: No digas sí, di oui

La teoría dice que en los sistemas electorales a dos vueltas, es muy probable que en la primera se manifieste lo que se conoce como un voto de expresión. Es decir, que posiciones extremas sean seleccionadas por electores que no quisieran ver dichas formaciones en el gobierno, pero que aprovechan para enviar un mensaje al status quo en el sentido de que algo no va bien. Ya en varias ocasiones los resultados de la extrema derecha en Francia, representada por el Frente Nacional, se han beneficiado de lo extendido de este interés de hacer ver a los grandes partidos que no todo lo que proponen es bien recibido por el electorado.

Sin embargo, a juzgar por las cifras del proceso comicial de la semana pasada en el país galo, no estamos ya ante un fenómeno similar. Cuatro fuerzas se repartieron al electorado con cifras que iban del 19.58 al 24 por ciento. Ya no se trata de un grito al viento, ni de un mensaje embotellado que se lanza al mar. Es una demanda clara de parte de la mayor parte del electorado de sacudirse a los partidos de siempre y tomar opciones de vanguardia. De hecho, ninguno de las formaciones tradicionales logró colarse a la segunda vuelta que tendrá lugar el 7 de mayo próximo.

Y, fruto también de esta división de la ciudadanía, los dos finalistas no apelan a grupúsculos residuales a sumárseles para alcanzar la presidencia, sino que hacen un llamado a contrincantes que muy cerca estuvieron de alcanzarlos o rebasarlos en las urnas. Lo que les da, no la típica posición de quien compra un boleto a bajo precio para subirse al tren ganador, sino de un negociador de tal peso que está esperando que ese tren haga un alto en la estación que representan sus militantes y exponga propuestas de un peso suficiente para decidir engancharse o no a su locomotora. Este es particularmente el caso de Jean-LucMelenchon, quien se niega a solicitar a sus afiliados el voto para Macron hasta en tanto éste no se comprometa a abandonar su idea de reforma laboral.

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