Yo manipulo

Parecieramos los rehenes de estos truhanes que ni siquiera rebasan la década de edad. Sin embargo, somos quienes los tenemos secuestrados. Los hemos encerrado.

Acción. Interactividad. Dedicación total a su nicho. Diversión interminable. Cada detalle convertido en souvenir desechable. Sin estas cualidades los espacios a visitar con niños durante las vacaciones son borrados de las listas de los devotos padres que no queremos que los engendritos vivan ni el más breve momento de frustración.

Y así lo han entendido quienes han decidido hacer de este mercado su forma muy particular de hacer fortuna. La competencia es feroz entre parques, salones de fiesta e incluso escuelas y museos que se suman a este torrente de propuestas para los pequeños multimedia. He notado síntomas horribles en los menores con los que tengo trato cercano. Uno de los primeros avisos de que algo no iba bien me lo dio su mayor interés en las cédulas de catalogación de los animales en el zoológico, que en el animal mismo. Y cuando la bestia se vuelve el centro de atención es porque se le ha incorporado al infaltable show en el que se le lleva a hacer peripecias lejanas, por decir lo menos, de la movilidad y disposición propia de la especie. Pero ni así logran concentrar a la generación multitask que, mientras cinco orcas salen del estanque y muestran su talla excepcional, está enfrascado en una negociación con sus progenitores para la compra de alguno de las decenas de adminículos que, con la versión miniatura del cetáceo, ofrecen expeler burbujas, servir como compañero a la hora de dormir o como esponja para el baño.

Con una muy agradecible y cada vez más amplia oferta de recintos culturales dedicados a los pequeños, los museos han buscado formas creativas de presentar el arte y la ciencia. Seguramente algo han logrado sembrar en estos nuevos públicos que nos toca a todos formar, sin embargo, la imperiosa necesidad de hacerse de fondos que les permitan ser sostenibles, los lleva a transitar en la cuerda floja que divide la museografía de avanzada del simple parque de diversiones. Por supuesto, hasta el más serio de los recintos ofrece su campamento y su paquete para piñatas. En todos los casos, serán calificados por estos jueces tan difíciles de satisfacer que otorgan puntajes más inspirados en la elevación de la adrenalina que del intelecto.

“Yo manipulo” parece ser el mantra de esta generación que lo mismo implica su inclinación incontenible a asir todo aquello que se le presenta para encontrar un botón que lo transforme en otra cosa, que a esa constatación de ser quienes mandan en la familia.

Hace unos días, un asambleísta del Distrito Federal acusaba al emporio de parques de atracciones Six Flags de discriminación por poner a la venta un pase que permite saltar toda la fila en las atracciones más concurridas. En estricto sentido, el legislador no se equivoca: implica un trato desigual. Sin embargo, hasta donde entiendo, no sujeto de penalización ya que no se basa en características intrínsecas a la persona como pueden ser su color de piel, su inclinación sexual o su religión; aunque no podemos perder de vista que, en muchos casos, son estas características las que favorecen o perjudican el acceso al dinero que es, éste sí, en una lógica de mercado, el elemento para establecer la diferenciación que hace el parque en el tiempo que te tomará estar en la fila para la montaña rusa.

Pareciéramos los rehenes de estos truhanes que ni siquiera rebasan la década de edad. Sin embargo, somos quienes los tenemos secuestrados. Los hemos encerrado en la jaula de oro de nuestras frustraciones presentándoles un mundo tan irreal que no les quedará más que quedarse para siempre en su cautiverio porque el riesgo de echarse a volar será demasiado alto.

mhinojosa@udem.edu.mx