¡Huélum!

La mejor forma de sorprender a un contrincante es darle la respuesta que menos se espera, y a veces eso incluye ceder a sus demandas.

Hay una enfermedad de difícil diagnóstico en el Instituto Politécnico Nacional. Al parecer no existe un motivo real para la inconformidad de los estudiantes toda vez que el argumento original de haber sido "sectorizados" en un rango institucional superior, fue corregido y, ahora que su petición de reunirse con el propio encargado de la cartera educativa se había logrado, declinaron acudir a la cita aduciendo que no dialogarían sino en terrenos del propio instituto y frente a sus colegas. Aurelio Nuño entonces optó por apretar las tuercas: se cerró de nuevo, dijo que, ante la negativa, la invitación estaría abierta hasta que las condiciones en las vocacionales paristas se hubieran normalizado.

Éste es un clásico de las autoridades cuando se enfrentan a inconformidades estudiantiles. Lo viví en carne propia cuando cursaba mi carrera y lo he visto reiterarse en incontables ocasiones. Por eso no pude evitar fantasear con lo que habría pasado si Nuño, en vez de cerrarse, hubiese inmediatamente accedido. Si, sin más, hubiese dicho que muy bien y que por allí los vería en el auditorio, día y hora propuestos por los jóvenes.

Supongo que la hipótesis de los asesores de la SEP es que ello fortalecería los liderazgos de los estudiantes al punto en que las demandas escalarían y la solución se volvería más lejana. Pero creo que pudo ser lo contrario. Que cerrándose les han dado a los muchachos justo lo que querían: evidencia de que las autoridades no tienen interés en ellos. Y es que esa enfermedad tan difícil de diagnosticar no se incubó en un acuerdo burocrático, sino en una desesperanza que campea entre la juventud del país y que brota y se desborda a la primera provocación. Tal vez atenderlos en su cancha y con sus cuates sea una forma innovadora de decirles que nos importan; porque nos importan, ¿o no?

Politóloga* 
miriamhd4@yahoo.com