De los huérfanos de la violencia a los de la exclusión

Qué será de la ruta de delincuencia que estamos dibujando ante los niños de barriadas en las que reina el hacinamiento...

Los menores que han quedado en la orfandad como una más de las consecuencias de la lucha del crimen organizado en nuestro país, comienzan al fin a aparecer como tema en la agenda política nacional, al tiempo que emergen también en la estatal.

Diputados, especialistas, defensores de los Derechos Humanos coinciden —como lo consignó el ayer MILENIO— en que los menores que han perdido vínculos familiares fruto de las batallas de los cárteles entre sí o de estos con el Gobierno, si no se atienden, podrían ellos mismos integrarse a las filas de la delincuencia detonando así una espiral de vida al margen de la ley.

No podemos sino aplaudir el que por fin se ponga atención a la situación por la que atraviesan estos niños que son, sin duda, víctimas de eventos que como sociedad debimos atender desde mucho tiempo atrás y que, sólo ahora, ante la evidencia del riesgo que representa el que estas víctimas se conviertan a su vez en victimarios al recuperar las prácticas por las que su familia quedó destruida, es que al fin tomamos cartas en el asunto.

Estamos hablando aquí del resultado de tantos actos violentos de los que hemos sido mudos testigos en la última década: decapitados,  descuartizados, pozoleados y demás ejemplos de la galería del terror que se fue montó ante nuestros ojos. Y es sólo ahora que atendemos tan importante arista de sus nefastas prácticas.

Qué dejaremos entonces para víctimas igualmente vulnerables, jóvenes y huérfanas, pero marginadas por circunstancias menos tétricas y, por lo tanto, claramente menos mediatizables. Me refiero a la orfandad, a la viudez que día tras día construimos a través de nuestro crecimiento urbano —que no desarrollo— tan absurdamente desmedido. A las familias destruidas que dejan nuestras interminables manchas metropolitanas en las que los trabajadores se ven obligados a recorrer en promedio dos horas de ida y dos de vuelta en un transporte que apenas es digno de ese nombre por no reunir ni las mínimas condiciones de seguridad, tanto a nivel infraestructura como en la forma en la que son conducidos; pero eso sí, con boletos vendidos a precios que apenas hacen rentable el desplazamiento al trabajo.

Qué será de la ruta de delincuencia que estamos dibujando ante los niños de barriadas en las que reina el hacinamiento, en las que la escuela no es sino otro espacio para hacerse de malas compañías; sitios donde la Policía en lugar de ser sinónimo de protección lo es de persecución. Espacios en los que nacer equivale a ser condenado.

Parece que la lección no ha sido aprendida. No nos bastó ver cómo la violencia desbordó a los barrios bravos a los que por tanto tiempo cerramos los ojos, y a los que no volteamos a ver más que ahora cuando su cáncer nos ha alcanzado. Cada día los ghettos en los que nos refugiamos son más numerosos. Cada vez sus murallas son más altas, sus guardias mejor armados, sus sistemas de vigilancia más vanguardistas. Creemos que nos podemos esconder en torres de cristal, en condominios, en supermercados para socios. Seguimos apostando por expulsar, en lugar de integrar. Insistimos en vivir a pesar de y no con aquellos que no nos han hecho daño e insistimos en hacer de su vida una novela preconcebida en la que se educan a medias y se nutren a medias para servirnos por completo.

mhinojosa@udem.edu.mx