La hora del abrazo

Esas coincidencias estremecedoras a las que someten a sus víctimas las dictaduras aún después de años de haberse extinguido, Guido y Estela se habían cruzado.

Más de 30 años entregando premios de una lotería para la que nunca dejó de comprar boleto. Más de un centenar de ganadores de cuyo júbilo fue testigo se beneficiaron de esta tómbola de la vida que es el recuperar a un ser amado. Ayer le tocó a ella. Ayer fue la presidenta de las Abuelas de Mayo —institución dedicada a ubicar a los hijos de los presos políticos de la dictadura argentina de los años 70, que fueron arrancados a sus madres en cautiverio y entregados a familias favorables al régimen— la que supo que habían dado con su nieto.

Estela Carlotto sabía que su hija Laura había sido asesinada, y sabía también, gracias a que una vecina que estuvo presa junto con ella se los vino a contar en cuanto fue liberada, que Laura tenía un embarazo de seis meses y que si era un varón lo llamaría Guido. 

En esas coincidencias estremecedoras a las que someten a sus víctimas las dictaduras aún después de años de haberse extinguido, Guido y Estela se habían cruzado quizá más de una vez sin saberlo. A Guido, sus padres postizos lo llamaron Ignacio y es un músico relativamente famoso, ha tocado en la sinfónica de su ciudad, grabado con artistas reconocidos e, incluso, participado en un concierto organizado por las mismísimas Abuelas de Mayo. Pero no es cierto aquello de que la sangre llama, por lo menos no de esa manera. La sangre a lo que llama es a un trabajo arduo, la sangre lo que hace es apagar a gotas el fuego del desaliento.

Dicen los expertos en negociaciones de empresas familiares que, cuando una familia pelea por un bien heredado, más que el valor de lo que está en juego lo que se disputa son los restos del difunto: quedarse con la casa, la empresa o el carro del fallecido, es quedarse con una parte de ese ser, muy similar a lo que ocurría con las reliquias de los mártires y santos.

Cómo no será el reencuentro con un hijo asesinado a través del propio fruto de sus entrañas. De ese tamaño fue la noticia que le dio la jueza ayer a Estela Carlotto, un tamaño que apenas alcanza el de la enorme lucha que ella ha encabezado. Nunca nadie le aseguró que el suyo sería el próximo, jamás alguien le confirmó que su esfuerzo se vería coronado por el éxito; peor aún, varias fueron las ocasiones en las que le dieron pistas que resultaron inútiles o falsas. Pero siguió allí, seguramente nutriéndose de la felicidad ajena, colocándose el conocido pañuelo blanco en su cabeza que en todos estos años siguió cubriéndose de canas.

Pero quizá su gesto más elocuente no venga de la ausencia de Guido/Ignacio, sino del momento del reencuentro. “Todavía tenemos que reconstruir su historia, pero con cautela, con códigos y respeto por él”, dijo refiriéndose a lo que estaba por venir. Curtida en los delicados procesos de la reconstrucción de identidades, actuó con ese signo del verdadero amor que es el pleno respeto hacia el otro y sus sentimientos. Así, con respeto, con ese que no conoció de los tiranos que sumieron a su familia en tan irreparables pérdidas, esperará el momento que anticipó en la carta que hace cerca de dos años le escribió al nieto que aún no sabía si iba a recuperar: “Espero ese día con la certeza de mis convicciones sabiendo que, además de mi felicidad por el encuentro, tus padres, Laura y Chiquito y tu abuelo Guido, desde el cielo nos apretarán en el abrazo que no nos separará jamás”.

mhinojosa@udem.edu.mx