Los hijos del poeta

En una exposición sobre la obra de Pedro Ramírez Vázquez, quien hizo de la arquitectura y el diseño su poderoso mensaje, hay, sin embargo, espacio para una poesía tradicional, de esa hecha con palabras.

Porque el arte de escribir asombra más que el de elevar muros y sostener bóvedas. Por eso decimos que un arquitecto hace poesía con su trabajo y no que un poeta arma edificios con sus palabras.

La redacción artística, esa que viene del corazón, tiene sin duda un contenido provocador. Escribir poesía es hacer de la vida un campo nudista del alma. Ir por el mundo contándole, a quien quiera escuchar, los más íntimos sentimientos.

Quizá los más fieles, los más cercanos y los más vulnerables de los testigos de esa apertura espiritual son precisamente los hijos de quienes tienen tal vocación y, diría yo, hasta función social. Así, los poetas tienen que subsistir cargando una culpa y temiendo que se materialicen sus más grandes miedos. Saben que, a fuerza de ejercer la denuncia, sus vástagos tratarán de hacer algo por transformar a la sociedad.

Los asesinatos de Juan Francisco Sicilia y Nadia Vera son distantes y cercanos al mismo tiempo. Mientras que a Juancho lo mataron en marzo de 2011 en pleno auge de la guerra de Felipe Calderón contra el narco, en una salida que debió ser inocua con algunos amigos en Cuernavaca, a Nadia la mataron a finales del mes pasado, con un PRI de regreso en Los Pinos, durante una reunión en una casa de la colonia Narvarte donde, al menos dos de los asistentes -la propia Nadia y el periodista XXX- habían hecho ya públicos sus temores de correr riesgo por incomodar al gobernador veracruzano, Javier Duarte.

Nadia era activista social desde su primera juventud. No era el caso de Juan Francisco. Y, sin embargo, es muy probable que ambos hayan sucumbido por expresar sus ideas respecto a la situación reinante en México. Las crónicas acerca de los últimos momentos de la vida de Juan Sicilia indican que la charla que él y sus acompañantes sostuvieron, molestaron a otros parroquianos que se dieron a la tarea de seguirlos para cazarlos.

Me angustia pensar que sus historias revelan un cambio de rol generacional. Los hijos de los poetas, de esos escritores que se gestaron en un México de censura y que expresan su heroísmo al señalar con sus versos, vienen ahora a trascender el papel jugado por sus padres para sacarlo de las páginas de los libros y llevarlo a la realidad. A una realidad que no los espera con los brazos abiertos, sino con un celo feroz de verse transformada.

¿A cuántos jóvenes valientes hijos de otros valientes veremos morir por expresar claramente lo que sienten? ¿A cuántos artistas más veremos morir en vida por el dolor de perder un hijo mezclado con la sensación de culpa de haberlo animado a ver lo que no estaba bien y educarlo para hacer la diferencia? Años y circunstancias separan claramente los multihomicidios de Cuernavaca y la Narvarte. Sin embargo, los nombres de Javier Sicilia y Mirtha Luz Pérez Robledo los unen para recordarnos que la arquitectura de las palabras, en lugar de construir muros los derriba dejándonos, para bien o para mal, vulnerables y asequibles.  


Politóloga*

miriamhd4@yahoo.com