¿Hasta aquí?

Este caso se eleva en la agenda nacional al punto de hacernos sentir al pie del precipicio, tiene que ver con el que es al parecer el móvil de su desaparición.

Qué es lo que determina un “hasta aquí”? ¿Pueden, en un país donde diariamente perdemos cientos de jóvenes porque nos los arrancan las drogas y sus señores, los traficantes de personas, los malos maestros, ser 43 jóvenes normalistas desaparecidos los que definan que esto ya llegó muy lejos? ¿Había en realidad una frontera que nos separaba de la desidia, la apatía, el conformismo y la hemos cruzado apalancados en 43 cuerpos que, intuimos, no aparecerán?

Creo que lo que ha puesto al caso de Guerrero en el ojo del huracán es que se trata de un hilo interminable que, al jalarlo, ha deshecho el entramado que ocultaba la horrorosa silueta de la corrupción y la impunidad. Sus vidas no son ni menos ni más valiosas que tantas que se han perdido en estas décadas en las que luchamos con un enemigo que está en casa, pero que nos acecha como fantasma inasible, aunque poderosamente perceptible.

Esas 43 personas valen por sí mismas, pero valen también por el desconocido número de restos humanos que se han ubicado en fosas clandestinas mientras se trataba de encontrarlos. Esos normalistas valen por quienes son, pero valen también por lo que posiblemente no serán: profesores en uno de los estados con mayor rezago educativo de nuestro país. Su dignidad intrínseca se subraya por el dolor y desesperación con los que los buscan sus padres, pero también por la forma en la que ese pesar ha reflejado la incapacidad de las autoridades para lidiar con la dimensión real de los problemas nacionales. Su destino (o su falta de él) sobresalta por la violencia de que fueron objeto, pero también porque evidencia el horror al que es capaz de someternos el crimen organizado.

Sin embargo, si es posible priorizar entre los horrores, diría que el elemento fundamental por el que este caso se eleva en la agenda nacional al punto de hacernos sentir al pie del precipicio, tiene que ver con el que es al parecer el móvil de su desaparición: su carácter asociativo, su ánimo inquisitorio, su interés en señalar. Quienes los secuestraron no se ensañaron de forma precisa contra esas cuatro decenas de muchachos, sino contra la tradición de insurrección propia de la escuela normal donde estudiaban. Fueron, por decirlo de alguna forma, preventivamente desactivados. Muy probablemente bajo el impulso de reminiscencias setenteras del movimiento presente en el Instituto Politécnico Nacional.

Asociarnos libremente es una condición sine qua non para vivir en democracia. Expresar nuestras ideas cobra cabal sentido solo cuando estamos en posibilidad de contrastarlas y enriquecerlas con las de los demás. La fuerte reacción que en nuestro país y alrededor del mundo ha generado el caso de Ayotzinapa, tiene que ver con el riesgo que percibimos en estos actos de autoridad.

Sin embargo, creemos que el fantasma está afuera, cuando realmente vive dentro de nosotros. Se llama desconfianza y nos obliga no sólo a dudar de las autoridades, sino a hacer de cada individuo un potencial obstáculo a nuestros deseos y aspiraciones. El Informe País nos indica que el 70% de los mexicanos considera que no se puede confiar en los demás. Con ello, la posibilidad del diálogo y la asociación quedan canceladas. Así, sin los elementos básicos de la vida en comunidad y de un régimen democrático, todo movimiento será siempre insurrección y todo acto de autoridad tendrá como respuesta indignación, pero difícilmente corrección.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com