Con quién gobernar

Hay distintas formas de lograr que los menos, los que llegarán a ser parte de la elite decisora, representen a las mayorías. Hay modelos que buscan crear una especie de muestra.

Politics in an Antipolitical Age (Política en una era apolítica) es el título del libro cuya contraportada traduzco libremente a continuación “(…) muchas de nuestras instituciones políticas establecidas parecen estar en crisis. Los partidos van en declive y se desintegran. Los gobiernos se muestran incapaces de resolver los problemas más graves. (…) Geoff Mulgan (…) nos muestra que lo que fuera un problema típico de la izquierda, hoy se ha extendido a todo el sistema político cuestionando lo que será en el futuro el rol de los partidos, los políticos y los gobiernos.

Al mismo tiempo, (para la política) la centralidad de sus motivaciones ha disminuido con un regreso de lo personal y lo ético como fuentes de sentido. En lugar de la política a la vieja usanza basada en los Estados y los mercados, una nueva política basada en la calidad y reciprocidad de las relaciones emerge lentamente, trayendo consigo definiciones radicalmente innovadoras acerca de los nexos entre pasado y futuro, gobernantes y gobernados, hombres y mujeres”.

Grande fue mi estupor cuando desde el librero esa obra me guiñó el ojo y me hizo tomarla en mis manos, tal como lo consiguió aquel verano de 1994 en Londres. Sí, así de vieja y así de actual es la reflexión que acabo de poner a su consideración.

Para su extraña pertinencia a lo que en estos momentos vive nuestro país y, de manera muy particular nuestro Estado, hay dos hipótesis plausibles. La primera corresponde a una suerte de mito del eterno retorno en el que la política obedece a ciclos perfectamente identificables que nos mantienen atrapados. Esto querría decir que no somos pensadores, sino heraldos de lo que nuestra época impone.

La otra opción, más alentadora, es que los cambios se gestan lentamente y que no vivimos olas de democratización, mucho menos tsunamis, sino mareas con oleajes intermitentes que a veces sacuden todo, y a veces se mantienen en una engañosa tranquilidad. Por lo cual, lo que vivimos no es un nuevo ciclo democrático, sino un nuevo estadio dentro de una caminata interminable hacia el logro de un ideal: que unos pocos tomen en nombre de muchos —y con el interés de esos muchos como principal impulsor— las decisiones que afectarán a todos.

Por eso es que el tema de la construcción de un Gabinete es tan importante. Por eso es que en ocasiones es determinante para alcanzar o no el triunfo en una elección. Pero hay distintas formas de lograr que los menos, los que llegarán a ser parte de la elite decisora, representen a las mayorías. Hay modelos que buscan crear en el equipo en el gobierno una especie de muestra aleatoria del universo de los electores. Los cargos que más evidentemente honran este esquema son los dedicados a las carteras de grupos vulnerables: jóvenes, mujeres, indígenas… donde es prácticamente insoslayable encontrar a un miembro del grupo que se desea impulsar como líder del área administrativa correspondiente. Sin embargo, esto no es garantía de lograr la pluralidad que se requiere. Otro modelo consiste en poner al frente expertos en la materia. Técnicos o científicos que han hecho carrera y propuesto soluciones en las problemáticas que se pretende resolver. Por último, está el modelo de los políticos. Ese estamento que conoce un poco de todo y todo de nada, pero que se valía de su habilidad para traducir las necesidades sociales en obras de gobierno. El ágora pública que ahora encarnan las redes sociales los tiene en peligro de extinción, por lo que habrá que ver si prevalece alguno de los otros dos esquemas, o surge uno nuevo. En todo caso, lo que tenemos que vigilar es que no vuelva otro, el más perverso de todos, el del nepotismo, amiguismo y compadrazgo.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com