De la gobernanza a la complicidad

Se dejaron atrás las negociaciones protocolarias y oficiales, y se entablaron conversaciones coloquiales a "calzón quitado"

Como hemos desarrollado una perniciosa resistencia al horror, lo que más pasmo ha generado entre la opinión pública no es la cantidad de fosas clandestinas con cadáveres apilados que corresponden a quienes en vida fueron reportados como desaparecidos o secuestrados por bandas criminales. Lo que más parece sacudirnos no es el nivel de violencia que reina en el país entero, sino lo rápido que el escenario cambió para Enrique Peña Nieto.

Toda vez que dimos por sentado que el regreso del PRI a la Presidencia de la República implicaría también un regreso al flujo de aprobación al estilo de Carlos Salinas, en el que llega un Presidente cuestionado, sube a todos al barco de las reformas, imbuye en la ciudadanía el espíritu triunfador y, sólo hacia finales del sexenio, su oropel comienza a resquebrajarse, asombrados nos preguntamos qué pasó entre el Pacto por México y los disturbios que dejan al Ejecutivo, apenas en el segundo año de su mandato, tirado en el ring escuchando la cuenta para declarar oficialmente su knock out.

La verdad es que en el acontecer nacional no pasó nada, por lo menos nada que no viniera ocurriendo cotidiana y vergonzosamente desde hace más de una década en la que, en un caldo de cultivo de corrupción e impunidad, se gestó una violencia que ha sido la marca de la casa por largo tiempo. La transformación que trajo consigo la debacle se centra en la conducción de la política nacional. Mientras para el lanzamiento y operación del pacto por México asistimos a un ejemplo típico de gobernanza que exige respeto y tolerancia hacia la oposición, disponibilidad para gobernar con todos y, lo más importante, una altura de miras que rebase al próximo periodo electoral, transitada y aprobada la reforma energética, conjurado el riesgo de su congelamiento por la vía de una consulta popular y desactivados los movimientos opositores a la misma, fue como si el gobierno de Peña Nieto se aflojara el cinturón tras una opípara comilona. Se cansó de atender los detalles, dejó de bordar la relación y optó por mantener unidos los acuerdos solamente a través de burdos pespuntes. Se dejaron atrás las negociaciones protocolarias y oficiales, y se entablaron conversaciones coloquiales a calzón quitado que no buscaban el cogobierno, sino una pacífica repartición del botín.

Enredar no es lo mismo que tejer. Que la madeja de complicidades y silencios en el caso de Ayotzinapa involucre a miembros de todos los partidos, no implica que sus programas y objetivos estén entrelazados en la forma de compromisos con la ciudadanía.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com