La generación del primer paso

Después de condenar, buscamos explicaciones insulsas para lo que ocurre con quienes despiertan a su ser ciudadano.

Dicen que nadie extraña lo que no conoce. Por eso quienes iniciamos el proceso de envejecimiento sufrimos tanto. Todavía alcanzamos a atisbar aquellas cosas que definen a la juventud, pero somos ya incapaces de apropiárnoslas. ¿Cuándo termina una edad y cuándo inicia otra? Difícil de determinarlo en años exactos, pero tampoco es real la postura de que la juventud se lleva en el alma. Qué va. La experiencia acumulada le da tal perspectiva a las cosas, que el impulso insoslayable de los primeros años apenas y se percibe (menos se atiende) durante el inicio de la madurez, y se vuelve absolutamente inexistente en edades ya mayores.

Por eso, cuando sabemos que, en México, entre los ciudadanos de entre 18 y 35 años es más fuerte que en otros grupos de edad el abstencionismo, la tendencia natural de quienes hemos rebasado la mocedad es satanizar esta conducta. Considerarla un desaire a los esfuerzos que las generaciones previas llevaron a cabo para legarnos un sistema democrático en el que, como decía el mantra de mis épocas juveniles: “Que cada voto cuente y se cuente”.

Después de condenar, buscamos explicaciones insulsas para lo que ocurre con quienes despiertan a su ser ciudadano: no van porque les da flojera levantarse el domingo. No votan porque tienen una rabia mal encausada. No emiten su sufragio porque son irresponsables y les gusta que decidan por ellos. Y así sigue una larga lista de hipótesis, plausibles sólo en nuestra imaginación de mayores que ven todo a la distancia.

La realidad es que, para la conducta de estos imberbes abstencionistas, la explicación es una, y se llama desafección política. Este desapego hacia lo que toca al quehacer público de carácter formal, ése que les pide expresarse en las boletas, es un surco, una depresión en un terreno a la que se encausará cualquiera de sus sentimientos, lo mismo el conformismo que la ira, el desgano que la anarquía.  Pero el problema es el hoyo, no lo que lo llena.

Es importante subrayar que se trata, lo reitero, de desapego hacia las versiones formales de la política. Porque cuando vemos al quehacer público en todas sus vertientes, es decir, todo aquello que incide en la solución de los problemas de la agenda política, observamos una juventud mucho más comprometida y consciente del impacto que sus acciones tienen en su entorno.

Así, mientras los adultos estamos esperando ver despertar a una generación que se enriquezca al cosechar lo que por décadas fuimos sembrando, nos cegamos a las ruinas que en realidad les hemos legado. Los creemos tontos por no seguir el camino que les hemos abierto, sin ver que a sus costados infinidad de peligros y perversiones los disuaden de seguir por esa ruta. Y nuestra insistencia, que ante ellos se presenta como “más de lo mismo”, no hace sino exacerbar su reacción de repudio.

Han visto aquello para lo que nosotros hemos desarrollado una ceguera de taller. Se han dado cuenta de que no necesitamos a nuevas generaciones de seguidores de una causa que se ha agotado. Lo que realmente requerimos es a una “generación del primer paso” una que se dote a sí misma de un nuevo nexo que los federe. De una nueva causa que les dé motivo y aliento. Necesitamos nuevos idealistas, no guardianes del estatus quo. Les legamos democracia, ni duda cabe. Ahora les toca a ellos llenarla de sentido. Nuestro régimen político no puede ser la sala de la casa, decorada con gusto rancio, a la que no se entra y donde nada se toca, porque está allí sólo para aparentar con las visitas.

Necesitamos una democracia a su alcance, con la que operen, a la que hagan vida, a la que den motivos. Paradójicamente, esa será la única forma de que aprecien nuestra herencia.

Politóloga

mhdieck@yahoo.com