El gen empresarial

Hay que identificar la verdadera herencia de los empresarios. Independientemente de que se trate de un magnate o del más sencillo de los sastres, la clave está en su ejemplo.

La muerte del ingeniero Lorenzo Zambrano conmovió —en el más amplio sentido del término— a la comunidad nuevoleonesa. Hay muchos elementos que explican la reacción. Está, por supuesto, lo inesperado del suceso. Ciertamente no hay nada más seguro que la muerte, pero no es lo mismo cuando la persona lleva días, semanas o meses agonizando, que cuando fallece mientras se arregla para acudir a una reunión de trabajo. Está también la distancia geográfica de su terruño. Todos los asuntos vinculados al proceso de trasladar los restos mortuorios desde algún punto lejano tienden una especie de paréntesis en lo acontecido, abren una brecha en el duelo, ubican el acontecimiento en un interregno.

Pero en el sobrecogimiento que nos envuelve hay más que esto. Hay la sensación de abrir un hueco que no se podrá llenar. Hay el reconocimiento a la condición excepcional de la carrera de quien dirigió los destinos —en las duras y en las maduras— de una empresa global como lo es Cemex. Sobrevuela la preocupación de que no haya a quién recurrir para que tome las riendas de este emporio y, con él, los destinos de las personas que se ganan la vida trabajando para esta empresa.

Es allí donde se ubica la excepcionalidad de los empresarios. Que su negocio tenga la talla de Cementos Mexicanos, o la de una modesta fábrica o tienda, el vínculo que generan convirtiéndose en la fuente de ingresos de familias enteras es lo que los vuelve determinantes para la economía nacional y para la perspectiva de futuro de quienes viven de su trabajo.

La inmensa mayoría de las empresas de nuestro país no tienen, ni remotamente, los alcances de Cemex. Pero son las que más empleos generan. Siendo así, es imperativo que haya políticas públicas no sólo tendientes a apoyarlas en su desarrollo, sino en su supervivencia. En la mayoría de los casos el cambio generacional en sus liderazgos se convierte también en su sentencia de muerte. Comúnmente el negocio no es lo suficientemente grande para entregar una parte del mismo a cada uno de los herederos. 

Por eso hay que identificar la verdadera herencia de los empresarios. Independientemente de que se trate de un magnate del cemento o del más sencillo de los sastres, la clave está en su ejemplo. No heredan un negocio, sino la visión de hacer negocios. No se trata de los muros que levantan para erigir su empresa, sino de los muros que atraviesan para hacer posible la creación de su propia fuente de ingresos y, en muchos de los casos, la de varias personas más.

Las empresas familiares, origen de tantas industrias, son también el punto de partida de una especie de gen empresarial. De un gusanito por plantearse uno el reto de convertirse en su propio jefe, automotivarse, autodirigirse y entregarlo todo en aras de una rentabilidad no siempre fácil de lograr.

Hace algunos meses escuché a una persona cercana a Lorenzo Zambrano decir que tendría que conocer el Centro Roberto Garza Sada de Arte, Arquitectura y Diseño de la UDEM, porque la obra de Tadao Ando (reconocible por el uso de concreto aparente) era “un monumento al cemento”. Tomándole la frase prestada, diría que la vida del propio Zambrano es un “monumento al emprendimiento”, a ese que transforma vidas no sólo por los empleos que genera, sino por el ejemplo que brinda para que cada vez más personas se animen a seguir esa ruta que, sin duda, luce gracias a él más pavimentada.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx