El extraño informe de Ugo

Hay de alcaldías a alcaldías. Ayer los demócratas recuperaron, tras más de dos décadas de gobiernos republicanos, la ciudad de Nueva York. Se trata evidentemente de un gran triunfo.  La ciudad de John John, la de Hillary Clinton, la Gran Manzana.  Su alegría está bastante justificada.

En cambio, es sorprendente que igual o mayor algarabía reine cuando se logra arrebatar a la oposición algunos municipios mexicanos que uno se pregunta quién tiene aún la peregrina idea de querer encabezarlos: para nuestra sorpresa son muchísimos los que, sin importarles los riesgos a su seguridad, la poca monta del presupuesto, el endeudamiento que compromete las arcas públicas por varios lustros, aún quieren el trato de alcalde –y los beneficios, por insondables que nos resulten- que ello conlleva.

Pero este no es el caso de San Pedro. Eso se parece más a Nueva York que a Apatzingán o Ciudad Juárez. Aquí uno no se pregunta por qué hay quién aún quiera ser alcalde, sino más bien por qué, entre sus acaudalados habitantes, hay muchos que aún desean vivir allí.

Ser el alcalde del que se ha denominado el “municipio modelo del país” es, comprensiblemente, más apetecible.  Por eso siempre me sorprendió el que Ugo Ruíz haya llegado a la presidencia de su republicano ayuntamiento enarbolando la bandera de crear “un solo San Pedro”. Lo que traducido en términos de políticas públicas significaba dar prioridad a paliar la pobreza, especialmente la extrema, que aún se oculta tras el deslumbrante brillo de la ciudad cosmopolita.

Contrario a lo que normalmente se esperaría, la ciudadanía no sólo eligió como alcalde al de la excéntrica idea de poner a los pobres como protagonistas de su discurso; sino que se sumó gustosa a las acciones para hacer que San Pedro se pareciera cada vez más a sí mismo independientemente de las coordenadas de la colonia.

Aún más increíble, no se limitaron a apoyar al alcalde a decidir dónde y cómo gastar los fondos públicos, sino que han sido parte de una colecta que busca que los sampetrinos se vuelvan benefactores –en términos de dinero y de tiempo- de sus propios conciudadanos. Así, el municipio con la mejor recaudación del país está logrando lo inusitado: una recaudación no impositiva, un óbolo –éste de otro San Pedro, dicho sea de paso.

Pero con Ugo vamos de asombro en asombro.  Porque todo lo que acabo de describir no hacía sino anunciar un predecible informe del primer año de labores que trazara la ruta hasta hoy recorrida del objetivo insignia de su gobierno: erradicar la pobreza extrema del municipio más rico de México.

Pero no fue así.  En contraste con las formas demasiado –si algo así es posible- apegadas al protocolo, el mensaje del alcalde fue directo, casi desenfadado, casi con más ganas de charlar con su audiencia que de informarles con profusión de datos lo que en la ciudad está ocurriendo.

Como queriendo abordar el escabroso tema del elefante que está en medio de la sala, abrió con un listado de los temas más escabrosos que ha tenido que atender. Suspender las obras en Calzada San Pedro, rescindir el contrato de los parquímetros, poner en regla a los desarrolladores que ignoraron la normativa.

Descargada así su alma de los asuntos candentes, su discurso se enfocó en una línea distinta, la de la calidad de vida en esta fracción de la zona conurbada que todos sus residentes aprecian y que sin duda quieren conservar. En realidad eso es lo que los sampetrinos quieren escuchar: ¿qué debemos cambiar para seguir igual?

Politóloga