Mas si osare un extraño enemigo instalar su planta en tu suelo

Un inversionista extranjero es visto como “un buen partido” para el que hay que verse amigables, accesibles, estables, seguros y esas virtudes...

La inversión extranjera directa se ha vuelto uno de los indicadores más cuidados por los gobiernos nacionales y locales. Recordemos que, durante la crisis de 1994, parte de la gravedad de la situación fue la facilidad con la que los capitales que habían entrado al país pudieron salir gracias a que no eran inversiones en lo que los ingenieros llaman “los fierros”. Instalar una empresa en determinado país implica una suerte de matrimonio: se sabe que puede acabar mal, pero se lleva a cabo esperando durar para siempre. Así, un inversionista extranjero es visto como “un buen partido” para el que hay que verse amigables, accesibles, estables, seguros y todas esas virtudes que seguramente buscará quien va colocar dinero.

La hipótesis detrás de la estrategia de cortejo de capitales es que, un gobernante que atrae inversiones obtiene todo lo demás por añadidura: empleo para los habitantes, consumo en los negocios que se crean en torno a la planta, crecimiento del sector servicios en la localidad, más impuestos a una base gravable más grande que, idealmente, se traducen en servicios públicos y equipamiento urbano de mejor calidad y, por lo tanto, en ciudadanos más contentos con sus gobernantes. En síntesis, prosperidad y gobernabilidad.

Nuestro Estado cuenta con una tradición industrial ampliamente reconocida, una acendrada cultura de trabajo, paz laboral y demás cualidades que le han permitido sortear la ola de inseguridad e ir rompiendo sus propios récords en materia de inversión extranjera.

Así que, siguiendo la lógica a la que nos referíamos líneas arriba, lo que toca ahora es ver a los ciudadanos felices con las oportunidades que se abren ante ellos. Pero, tal vez las características con las que los promotores de nuestra economía nos venden, no son las únicas que definen nuestro carácter. Tal vez seamos trabajadores y honestos, pero también somos desconfiados, familistas, clasistas y, digámoslo con todas sus letras, xenófobos.

En el tema de la desconfianza nada nos diferencia del promedio de los mexicanos. Ochenta por ciento cree que si su vecino lo puede “fregar”, lo hará. Nuestro apego a las normas está limitado a aquello que no signifique la más mínima incomodidad, ya no digamos perjuicio, a nuestra familia: el rayado del estacionamiento está bien, siempre y cuando yo pueda atravesarme por encima de todos y depositar a mi mamacita santa y mis vástagos, tan frágiles ellos, a las puertas de donde sea que los lleve.

No hemos necesitado de la presencia masiva de extranjeros para concentrarnos en especies de ghettos inspirados por la clase y no por la raza. Esto lo mismo vale para los fraccionamientos privados de lujo, que para los barrios bravos a los que no entra ni la Policía.

Ni a los amitos adinerados que se pasean con una nanny por todos lados, ni a los miembros de tribus urbanas como los emos o los punketos les gusta compartir los espacios que consideran como suyos —sin importar si de jure son públicos— con aquellos que, de tan exóticos, les resultan repulsivos. Más tirante aún se torna la situación cuando el otro no sólo es distinto, sino que se ha vuelto nuestro jefe.

Así, la tarea de atraer las inversiones es sólo el principio, queda ahora por delante todo un proceso de promoción de la apertura y la tolerancia. Sólo así será posible que la llegada de inversionistas y cuadros superiores lo mismo de Asia que de Europa, de Norte o Sudamérica, se convierta en un enriquecimiento mutuo y no en una grieta más a nuestro ya de por sí desgarrado tejido social.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com