Epifanía

Quienes ejercen el poder parecen competir por adoptar una postura y mantenerse allí hasta que ésta resulte la idónea. "Yo lo advertí", "lo percibí en el horizonte", "como les adelanté", son frases en las que se deleitan las personas públicas porque nada hay más premiado por la ciudadanía que los agoreros acertados. Y no es casual, quien puede anticipar el futuro está en posibilidades de aprovechar sus ventajas y ahuyentar sus potenciales problemas.

El asunto es que en nuestro país las posturas adoptadas provienen generalmente de una decisión arbitraria y casuística; en pocas ocasiones surgen de convicciones ideológicas, y sólo una ínfima minoría es resultado de una capacidad real de interpretar el entorno y construir escenarios con base en los elementos de análisis que éste provee.

Sin embargo, el tino aleatorio se premia tanto o más que el posicionamiento que es fruto del conocimiento profundo. Así que es sólo cuestión de ubicarse en algún punto y esperar a que, con algo de suerte, las cosas vayan en esa dirección para encumbrarse. Eso explica por qué los atinados profetas, una vez que sus predicciones cumplidas los ubican en las preferencias populares y se convierten en agentes de Gobierno, no son capaces de utilizar de nuevo sus capacidades previsoras para diseñar y ejecutar políticas públicas exitosas –y por ello entendemos que sean capaces de resolver los problemas públicos a los que se abocan.

El país ahora se mueve entre enaltecer a quien previó que la reforma energética no traería consigo una reducción en el costo de los insumos y que nuevos gasolinazos estaban a la vuelta de la esquina; y entre quien le vio factibilidad a la candidatura de Donald Trump y buscó un acercamiento con él. Sin embargo, ambas parecen profecías "autocumplidas" en las que los propios Nostradamus construyen el éxito de sus vaticinios. Ojalá que nos acerquemos a ellos con cautela y no con la reverencia de aquel que cree que se le reveló su salvador.

Politóloga*
miriamhd4@yahoo.com