El otro embargo

La muerte de Fidel Castro invita a la reflexión en torno a su legado. ¿Se trataba de un dictador o de un estadista? ¿Un líder o un opresor? ¿Un visionario o un retrógrada? Si bien él mismo aseguraba que la Historia lo absolvería, lo cierto es que no existe tal cosa. No hay una, sino múltiples historias. Cúmulos de narrativas según desde el ángulo en que un evento se aborde y, por supuesto, dependiendo de qué tan bien librados salimos de él. Y en el caso particular del ex mandatario cubano estamos ante una complejidad aún mayor a la hora de juzgar, ya que sus logros se magnifican al haberse alcanzado en el marco del embargo económico al que Estados Unidos condenó al archipiélago caribeño, y sus medidas represoras son relativizadas por algunos al adoptarse en medio de las condiciones de marginación que la medida norteamericana implicó.  Así, Cuba y Fidel son tan grandes o tan déspotas como lo es la otra cara del espejo encarnada por la presión estadunidense.

Los rasgos de la política exterior mexicana pueden muy bien sintetizarse en la trayectoria de nuestra relación con Cuba durante el periodo de la Guerra Fría y aún después. Hermanos latinoamericanos a la hora de hacerle frente al gigante con el que compartimos 3 mil kilómetros de frontera, e indolentes contrapartes cada vez que buscábamos acercarnos a nuestro vecino del norte. 

Pero hoy, al tiempo que el futuro de Cuba se desdibuja en el horizonte, se tensionan nuestras relaciones con los Estados Unidos.  Ya no hay más un referente, no tenemos ya un contrapeso ideológico y el embargo se vuelve ahora contra nosotros. La nueva intervención norteamericana no se da con incursiones en el territorio, sino por el contrario, con ausencias envueltas en un vacío comercial. Hoy son más de mil empleos de Carrier que no llegarán. Y justo cuando se ausenta, es cuando más ganas dan de preguntarnos cómo lo resolvía Fidel.

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