Macron

Dicen algunos psicólogos que si quieres un matrimonio duradero te cases con el hijo o hija de los vecinos. Es una ruta corta para explicar cómo la coincidencia de valores, acentuada por edades, extracción social y religión iguales, juegan en favor de la duración de un matrimonio. Siendo así, la unión del presidente francés Emanuel Macron, no las tenía todas consigo. 

En cambio, su luna de miel con el pueblo francés parecía construida para durar: venía de muy atrás en las encuestas y había logrado construirse una votación sólida que lo llevó al Elíseo. Representaba el rechazo a la política partidista anquilosada. Los franceses se daban oportunidad, ante una presidencia particularmente desafortunada como fue la de Francois Hollande, de tomar los riesgos del cambio.

Y, sin embargo, mientras impredeciblemente su matrimonio parece sostenerse, el romance con sus electores se desvanece a toda velocidad. En un mes apenas, perdió un total de diez puntos porcentuales de popularidad, para situarse en la aprobación de apenas 54 por ciento de la población (como referencia baste señalar que su vilipendiado predecesor no pudo siquiera presentarse a la reelección y tenía dos puntos porcentuales más de popularidad). Una caída semejante no se registraba desde la época de Chirac.

Lo interesante es que, junto con una sobreexposición mediática y en redes sociales, los analistas ubican, como razones para esta “desilusión” de los franceses una serie de medidas anunciadas y en trámite de ejecución por el gobernante: aumento del impuesto destinado a las pensiones, vuelta a medidas restrictivas a los beneficios laborales de los funcionarios públicos y reformas a la legislación laboral por la vía de decretos, además de que no fueron precedidas de negociaciones con los sindicatos como había prometido.

Básicamente, el mandatario se desgasta por gobernar.  Francamente, este escenario es mejor que el de la inacción que es igualmente costoso.

miriamhd4@yahoo.com