Las edades de mamá

Pesada, pesada, pesada resulta también la madre que desde el asilo ronda los pensamientos del hijo que no quiso guardarla a su lado. Ella ya no habla, no se queja, ni siquiera lo reconoce.

México, un país de contrastes, los despliega de forma singular en su relación con el sexo femenino. Mientras el ser más vulnerable en nuestro país es niña, pocas cosas unen tanto a la familia en un proyecto financiero-social-religioso, como la celebración de los quince años de la hija adolescente. Asimismo, mientras el procrear un hijo se convierte en el factor determinante para mantener a la mujer en una situación laboral desfavorecida, limitada por el techo de cristal o de plano aislada de los trabajos remunerados, el festejo del Día de las Madres tiene tintes cuasi divinos magníficamente ilustrados por el querubín mofletudo, moreno, de alas tricolores que, a pesar de su talla minúscula, parece sostener la imagen magnífica de la visión centenaria de la madre mexicana por excelencia encarnada por la Virgen de Guadalupe.

Así se sofoca el párvulo que bajo el ardiente sol regiomontano recita sin entender los versos de “El brindis del Bohemio” en un patio de escuela pletórico de mamacitas en plena efervescencia dispuestas a hacer explotar cualquier callo bajo el afilado tacón que, en uso de facultades fakirescas, dignas de tan célebre ocasión, han calzado aún con el riesgo de amoratar sus dedos a punto de requerir amputación.

Ése es también el desmedido peso que ejerce su madre sobre el pobre Gutierritos quien recién se recupera de los gastos navideños y ya ve con nostalgia desaparecer sus magros ingresos con el pago de la infaltable licuadora que le ha regalado año con año desde su temprana juventud. ¿Qué hará su madre con tantos electrodomésticos que jamás ha visto operativos en aquella cocina de su infancia donde su progenitora, que pareciera ajena a sus esfuerzos financieros, le presume que su comida siempre sabe muy buena porque todos los ingredientes los muele siempre en el molcajete? Qué más da. El Día de las Madres no sería lo que es sin la brillante Osterizer presidiendo el ceremonial de besos y abrazos cada 10 de mayo.

Agotada también por la carga de la madre lo está la cuarentona que ha parido ya hijos ella misma y que incluso está por recibir a su primer nieto, pero que no es sino la eterna organizadora de la batalla campal en la que se convierte la infaltable salida familiar para “llevar a mamá a un restaurante”. Porque eso de que madre sólo hay una, ella lo vive en carne propia cuando constata que es su progenitora la única digna de ese nombre mientras que desde la cabecera observa, con ojos entrecerrados y una satisfacción que se percibe pérfida, cómo todos han olvidado sus ocupaciones para darse cita en el apretujado local donde, como siempre, le dedicarán alguna canción con el mariachi y ella llorará a moco tendido diciendo que se siente muy sola.

Pesada, pesada, pesada resulta también la madre que, desde el asilo ronda los pensamientos del hijo que no quiso guardarla a su lado. Ella ya no habla, no se queja, ni siquiera lo reconoce cuando, para esta fecha, hace por visitarla en el instituto aquel donde no sabe si es la escasa ventilación o el exceso de recuerdos lo que lo sofoca al escuchar a la anciana pedir a gritos que no la dejen sola con el desconocido aquel que hace ya más de cincuenta años dio a luz.

Somos todos morenos, mofletudos, tricolores querubines que, en vez de alzar el vuelo en busca de mejores estadios para las mujeres en este país en el que veinte por ciento dan a luz siendo aún adolescentes, o pierden sus empleos a causa de un embarazo, o dejan a sus niños o a sus ancianos en improvisadasinstituciones, mejor optamos por cargar sobre nuestros hombros a una efigie que sólo se materializa una vez al año, en la que decidimos recordar a nuestra madrecita.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com