Un día para las otras madres

El que el Día de las Madres tercamente se mantenga en México el 10 de mayo mientras en el resto del mundo es flexible para celebrarse siempre en domingo (igualito que como hacemos aquí con el Día del Padre), es ya un indicador del perfil particular de las progenitoras mexicanas. El amorómetro con el que muchas madrecitas aztecas miden a sus hijos consiste en satisfacerles caprichos sin fundamento alguno. “Tengo tantas ganas de una serenata con un grupo de fara fara, m’hijito”, dice alguna que jamás ha gustado de la música norestense. “A ver si este año sí se me hace que alguno de ustedes me compre la máquina para hacer helados de yogurt”, lanza cual saeta otra que, paradójicamente, no tolera los lácteos. Así, en nuestro país, las madres son una suerte de caricatura que no hace sino subrayar lo incondicional del afecto filial porque ¿qué estampa puede reflejar mejor el amor, que la de un cuarentón cargando una esperpéntica lámpara cuyo único truco mágico consistió en desaparecerle toda su quincena?

Pero, ese perfil de madre, que se origina en la posguerra y que se nutre de la iconografía de la época de oro del cine nacional, está perdiendo protagonismo frente a otro matriarcado igualmente poderoso pero que tiene en la mira objetivos mucho más trascendentes que el electrodoméstico de moda.

Me refiero a las madres heridas que, literalmente como almas en pena, recorren nuestro país en un peregrinar que parece no tener fin y que incluye los recintos gubernamentales, las oficinas de las ONG y los medios de comunicación. Tocan todas las puertas clamando por una justicia que nadie les brinda. Sus hijos perecieron víctimas de la negligencia en la Guardería ABC, están desaparecidos desde una noche aciaga en Iguala, fueron violados en el kínder Matatena, secuestrados y ultimados por bandas delincuenciales. A ellas no se les tranquilizará con flores y mariachis, porque lo han perdido todo: hasta la posibilidad de exigir un capricho para festejar el Día de las Madres.

miriamhd4@yahoo.com