¿Qué les dan?

Gurría podría haberse convertido en un político más de triste memoria. En una historia más de ineficiencia, en el mejor de los casos, o de corrupción infame, en el peor de los escenarios. Pero no.

Mientras fui maestra, en cada generación hubo una mezcla más o menos constante de alumnos extremadamente brillantes, alumnos dedicados, alumnos que iban por la vida aprendiendo a pesar de ellos mismos, y otros que no tenían ni el interés ni la capacidad de aprender y para quienes era sólo cuestión de tiempo para desistir de la aventura de estudiar una carrera universitaria.

Gracias a los intercambios internacionales gestados por la institución en la que trabajaba, el estudiar en el extranjero durante un semestre o un año se volvió un asunto prácticamente habitual para los pertenecientes a cada uno de estos grupos, salvo el último. El país de moda en aquella época era Canadá, y muchos sucumbieron a la tentación de realizar allí su semestre de internacionalización.

Como era previsible, gozar de una oportunidad así cuando rondas los veinte años de edad, es una ocasión transformadora. Sin importar si llevaban buen o mal promedio, los chicos regresaban con más inquietudes que las que llevaban cuando partieron, pero también con más ganas de encontrar las respuestas a los acertijos que la vida les planteaba. Lo que no pudimos profetizar es que también, sin importar en qué nivel académico estuvieran normalmente situados en la universidad de origen, había siempre un grupo, no necesariamente reducido, cuya relación con la investigación científica se profundizaba de forma considerable.

Tras ese viaje de autoconocimiento, algunos eran tocados por el encanto de la academia. Volvían decididos a graduarse por la vía de una tesina y hacer de la misma su carta de presentación para luchar por el ingreso a un posgrado de alta exigencia. Muchos de ellos regresaron a Canadá para esos fines y terminaron allá su doctorado. Algunos lo utilizaron como trampolín para ingresar al Servicio Exterior Mexicano. Hubo quien incluso se quedó radicando en Canadá como profesora universitaria.

A mi alegría por el éxito de mis colegas docentes del país de la hoja de maple, se sumaba siempre la curiosidad por saber cómo conseguían hacer de chicos promedio investigadores de altísimo nivel. Sigo sin conocer a ciencia cierta la respuesta.

Sin embargo, traigo esto a colación porque fueron esos los recuerdos que me trajo la noticia de la renovación del mandato de José Ángel Gurría al frente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo, que agrupa a 34 de las más potentes economías del mundo, y de la que México forma parte desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, cuando logramos ser aceptados como parte de este selectivo club de países.

Gurría es un político mexicano. Gurría formó parte del Gabinete del ex presidente Ernesto Zedillo, primero como secretario de Relaciones Exteriores y más tarde como secretario de Hacienda. Gurría podría haberse convertido en un político más de triste memoria. En una historia más de ineficiencia, en el mejor de los casos, o de corrupción infame, en el peor de los escenarios. Pero no, Gurría hoy logra que lo elijan, no por vez primera, no para probarlo y desencantarse, no como una artesanía exótica que le permitirá al organismo que encabeza darse un baño de tolerancia. Lo eligen como la apuesta segura tras dos periodos altamente exitosos. Le renuevan su encargo gobiernos de casi tres decenas y media de países de las más diversas extracciones ideológicas y fundamentan su decisión no en promesas, sino en un plan de acción en extremo bien trazado.

¿Qué les dan a los universitarios en Canadá? ¿Qué les dan a los políticos en los organismos internacionales? Sigo sin saberlo a ciencia cierta, pero me encantaría conocer la respuesta a ambas cuestiones.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com