Y el género degeneró

Una pregunta que se reitera en los foros en los que se exponen no sólo las bondades, sino la urgencia de la integración plena de las mujeres a los ámbitos de toma de decisiones, es si es posible que la multiplicación de candidatas y gobernantes del sexo femenino cambie de manera efectiva el entorno de desigualdad en el que nos desenvolvemos. Evidentemente la más reciente versión de ese cuestionamiento refiere a Hillary Clinton y sus probabilidades de convertirse en la presidenta del país más poderoso del mundo.

Creo que cambiar el paisaje del poder a través de una mayor presencia femenina incidirá en las y los más jóvenes testigos de esta transición, toda vez que permitirá “validar” la carrera política como opción para las mujeres y, con ello, quienes sientan un impulso por dedicarse a esa labor, no se lo cuestionarán, o por lo menos no debido a su sexo. En cambio, temo que quienes ya acumulan cierta edad, más que transformar su punto de vista encontrarán en el desempeño de las políticas una razón más para renegar de la igualdad entre hombres y mujeres: los aciertos se diluyen, los errores se magnifican y los detractores del feminismo se mantienen como tales.

Entre esos dos campos supuse que se fraguaría el debate en torno al tema del género con motivo de las presidenciales estadunidenses. Pero quién lo hubiera adivinado, el asunto lo trajo a colación la candidatura de Trump y no la de Hillary. Así que no estamos hablando de asuntos sofisticados como igualdad de oportunidades y acciones afirmativas.  Estamos discutiendo lo básico: acoso, lenguaje denigrante, manoseo. Y a ese submundo parecen aferrarse tantos hombres que, si las mujeres no votaran (dicen algunas encuestas), ese ejemplar de macho alfa gobernaría la Unión Americana.

Politóloga*  miriamhd4@yahoo.com