La belleza como ventana

Hace un par de años volví a París. Tenía década y media de no viajar a la ciudad de mis amores. Como esos embelesados que miden el tamaño de su pasión por la cantidad de cursilerías que son capaces de hacer públicas, escribí en mi cuenta de Facebook que la capital gala es como una de esas chicas hermosas a las que nadie se atreve a negarles nada. Nada, ni siquiera la solidaridad en medio del duelo.

Es cierto, hay más ciudades, más víctimas, más horror. Pero hay en la estética un innegable poder. Porque lo bello, hasta cuando está herido, deshecho, abatido, es magnético. El fenómeno de la solidaridad con la tristeza parisina es semejante a la conmoción que despertó la imagen del cadáver del pequeño sirio Aylan Kurdi. Hay cientos, miles de menores que corren todos los días la misma suerte. Que sea atravesando el Mediterráneo o trepando a La Bestia que atraviesa el Sur de México. Y, sin embargo, es un solo niño el que nos llama. Aunque esté bocabajo, sumido a medias en la arena de una playa que lo abraza y llora el no haber podido acogerlo. Porque lo minúsculo de sus pantaloncitos y los calcetines a media pantorrilla nos dicen que debiera estar camino al kínder, y no cerrando una vida que muy apenas inauguró.

Lo más grave del terrorismo al estilo de ISIS, o del que nos hicieron víctimas los cárteles del narcotráfico en nuestro país, va más allá de lo fatídico de sus acciones: radica en la forma en la que se posesiona de nuestra cotidianeidad hasta fundirse en ella y llevarnos al suicidio que significa normalizarla. Los barcos atestados de migrantes, los cientos de muertos y heridos en un atentado, van, sin quererlo, a despojar de identidad a las víctimas, en el sentido de esta cotidianización de la violencia. Aylan y París nos ponen cara a cara con el horror extremo por la vía de la belleza a la que no rehuimos y que instintivamente buscamos proteger. Porque no amo lo que no nombro, los niños que mueren migrando hacia una tierra prometida que no han de conocer hoy se llaman Aylan, y las ciudades que lloran a sus muertos, no importa si están en Medio Oriente, Europa o Latinoamérica, hoy se llaman París.


Politóloga*  
miriamhd4@yahoo.com