De baldíos y maletas

Es escalofriante, pero el dolor y la muerte tienen su propia poesía. Hace poco más de un mes, el periodista Mario Alberto Álvarez publicó en un diario local la nota acerca del asesinato de una joven en Apodaca. Una de sus líneas reviste –involuntariamente, supongo– una belleza espeluznante cuando trata de explicar el lugar y la forma en la que fue hallado el cadáver: “El cuerpo se encontró sobre su costado izquierdo, donde finaliza la colonia y empieza un baldío”.

Efectivamente, con el último aliento, desapareció también de su carne ahora inerte la colonización brutal de la que fue objeto. En ese costado izquierdo inicia un baldío, el de la desolación, el de la vana búsqueda de justicia, el de la lucha porque no haya ni una mujer más que atraviese por lo mismo.

Los que apuestan por el ya legendario olvido propio de la sociedad, no cuentan con la terquedad de esos cadáveres que no cesan de aparecer.  Se les cae la estrategia mediática cuando día tras día la muerte tiene nombre de mujer y su verdugo se envuelve en el ropaje del cónyuge, del amigo, del compadre, del maestro, del amante.

Apenas ayer la poesía entró nuevamente por la estrecha puerta del género negro. Lista para un viaje nos entregaron a Karen Rebeca. Vista por última vez con vida tratando de obtener un certificado de buena salud en una farmacia de la cadena San Pablo en el Estado de México, iniciadas las alertas por su madre que no cesó de buscarla, la estudiante de la Unitec apareció muerta y replegada en el interior de  una maleta. En nosotros está que el despiadado que buscó así contenerla, se tope con el efecto opuesto y esa maleta sea la que lleve a la chica de Naucalpan al lejano horizonte de nuestras conciencias.

Nos matan no sólo porque no somos lo que esperan, sino porque no esperan que seamos. Dicho en tres palabras que pueden entenderse de la forma en que queramos: Morimos por existir.

 Politóloga*  miriamhd4@yahoo.com