El aquelarre

Aquelarre es una palabra de origen vasco que denomina la reunión de brujos y brujas. Y no pude evitar pensar en ello rodeada de un estamento muy particular que comparece desde el lunes y hasta hoy en Guanajuato. Muchos son politólogos, otros tantos abogados. Trabajan como académicos o como funcionarios electorales; pero todos estos bandos se reconocen en un mismo término: electorólogos.

Evidentemente, la reminiscencia me viene del carácter agorero de lo que aquí se discute. Dedicarse a estudiar las elecciones pasadas cobra sentido en la medida en la que aporta datos acerca del devenir de esta actividad. Una buena parte del tiempo se dedica a analizar por qué no se cumplieron los vaticinios anteriores y cómo vamos a ajustar las prácticas adivinatorias para que surtan mejores efectos en procesos posteriores.

¿Nos avergonzamos de ello? Para nada.

La perplejidad con la que miramos la realidad, que a veces nos resulta una bofetada por su imprevisibilidad, no dista nada del pasmo que vincula a otras profesiones. Creo que igual de obsesionados con aprehender las veleidades de las enfermedades se encuentran los médicos en sus congresos; y absortos con la reacción de los materiales deben estar ingenieros y arquitectos.

La evocación de las reuniones de brujería se construyó también debido a la leyenda de que entre los convocados se materializaba el maligno encarnado en un macho cabrío. Caí en la tentación de pensar que el caprino convocante este año era Trump, a cuyo triunfo se dedicaron un sinnúmero de referencias.

Pero no. Hay un elemento a satanizar más profundo, estructural. Las presuntas equivocaciones del pueblo. Vox populi, vox dei no es, ciertamente, la invocación más de moda entre quienes estudian las elecciones. ¿Cómo respaldar la democracia cuando el pueblo no necesariamente tiene la razón? Aún no conocemos el hechizo que nos saque de esta, pero lo que es seguro es que los electorólogos estamos en torno al caldero.  

miriamhd4@yahoo.com