Al amparo de la intimidad

La intimidad se transforma de refugio a prueba de las agresiones ambientales y sociales, a protección para agresores que descargan sus frustraciones.

Vida, libertad y búsqueda de la felicidad” establece la Declaración de Independencia de los Estados Unidos como derechos inalienables de quienes adherían a la nación que se fundaba. La frase no sólo es actual, sino claramente extrapolable hacia los entornos más diversos. De hecho, no debería ser vista como una lista de derechos, sino como la construcción de uno solo: Vivir para ser libres y ser libres para poder entregarnos a la búsqueda del camino que nos lleve al destino conocido como felicidad.

Y las vías son diversas, como variados son los individuos. Lo que es semejante, como si de un juego de “serpientes y escaleras” se tratara, son las fórmulas para el menoscabo de nuestra satisfacción. Entre ellas se encuentran, por supuesto, elementos intrínsecos al individuo, y otros que se ubican en su entorno; pero nada deprime más que las cosas negativas que ocurren en el punto intermedio entre la individualidad y la sociedad: la familia.

La enfermedad de un pariente, especialmente cuando se trata de un padecimiento catastrófico, y aún más cuando quien lo sufre es un menor, son eventualidades que desapuntalan la frágil construcción que es la felicidad. Tanto o más devastadores son los casos de violencia doméstica. Las redes que ese cáncer teje son amplias y sofocantes. Se sufre por las víctimas, pero se sufre también por la imagen vulnerada del agresor quien, con frecuencia, estaba más bien llamado a tener un rol de protector, de proveedor, de soporte, que se desfigura ante los ojos de sus seres queridos convirtiéndose así no sólo en la fuente de sus desventuras sino en el vacío simbólico que ya nadie podrá llenar. Vacío queda también el significado del hogar. La intimidad se transforma de refugio a prueba de las agresiones ambientales y sociales, a protección para agresores que descargan sus frustraciones en quienes son doblemente vulnerables: por su condición física pero, sobre todo, por su lealtad inconsciente hacia quien los agrede.

Qué vana resulta así la discusión acerca de si la cifra récord de denuncias por este tipo de agresiones que se registraron en el estado obedece a un repunte de estos delitos o a una mayor proclividad a denunciarlos. Qué más da, al final, lo único que podemos leer en las estadísticas es que hay por lo menos casi nueve centenares de víctimas de estos abusos.

El verdadero debate tiene que ver con el antes y el después. Lo que realmente nos debemos estar planteando es lo que al gobierno, a la sociedad y a la familia misma nos compete realizar en los ámbitos de la prevención y de la atención a las víctimas del delito.

Sin importar el momento en el que se dé una denuncia, ya es demasiado tarde. Para ese punto hay ya un cónyuge viviendo las consecuencias. Para cuando se hace del conocimiento de las autoridades, algo se ha roto ya en el mundo familiar que, para un menor, es prácticamente todo su mundo.

Asimismo, si cuando la denuncia llega, la víctima se va, de muy poco o nada habrá servido la valentía de hacer del conocimiento público lo que se está padeciendo. La denuncia no debe ser sino la puerta a una intervención decidida para brindar un entorno alternativo a los miembros del núcleo familiar que padecen las lesiones físicas, sicológicas o patrimoniales.

Así, poco o nada importa el número. Lo verdaderamente trascendente son las consecuencias de estas heridas que, al amparo de lo privado, se escapan de tener impacto en lo público.

mhinojosa@udem.edu.mx