Por amor al arte

A veces el artista vive del éxtasis de este encuentro, del que se vuelve un poseído. Pero otras, las más, lo que realmente lo alimenta es el encuentro de su obra con el público.

Hay algo en el arte que se acerca a lo intangible. Es esa fuerza espiritual en la que el universo entero existe y que se interna en una obra maestra. Es tan ilusoria, indescifrable… que es sólo ocasionalmente que se hace presente como un todo y, como mucho, nos deja la sensación de algo que vendrá. He sentido esta fuerza sólo en algunas ocasiones, y es sólo ocasionalmente que toma posesión de mi mente”.

Ésta es una de las descripciones del arte más acertadas con las que me haya topado. Es el testimonio que en una carta a su esposa dejó el pintor Julian Onderdonk. Ilustra de una forma poética el difícil matrimonio entre inspiración y aptitud: entre la idea genial y el cuerpo que le sirve de transmisor para cristalizarse en el mundo de la realidad.

A veces el artista vive del éxtasis de este encuentro, del que se vuelve un poseído. Pero otras, las más, lo que realmente lo alimenta es el encuentro de su obra con el público. Más importante aún, es gracias a la comunicación entre ambos que el propio arte crece, se desarrolla, fructifica en nuevas ideas que van creando una espiral de lo más positivo que ha generado la humanidad en su conjunto.

Pero para que el diálogo entre idea y artista se multiplique en el eco de la relación entre el público y la obra, hace muchas veces falta la intervención de un tercero, que funge como detonador de esta nueva relación. Ese es el lugar que en nuestro mundo guardan los promotores de arte. Es como si al tiempo que el artista tiene la capacidad de sentir las ideas en su entorno y materializarlas, hubiera otros, los menos, los particularmente sensibles, que fueran capaces de identificar cuando la obra ha sido fruto de esta relación entre las musas y los humanos y están a cargo de llevarla ante los públicos que le darán su más grande dimensión.

Ponen sus ojos en alguno que ha dado muestras de talento, y lo siguen, lo promueven, le sirven como mecenas, depositarios de sus piezas, incluso, tantas veces, mercaderes de estos artilugios maravillosos de los que hasta el momento solo ellos tienen conocimiento y que, más que guardarlas para sí, buscan multiplicar el placer que les provocan poniendo los sentidos del otro en disposición del disfrute de la belleza por ellos descubierta.

Es a estos privilegiados, a estos descubridores de talentos, a los que con más frecuencia asalta la idea de la necesaria creación de escuelas de arte en las que los particularmente dotados convivan con quienes pueden ser sus maestros (y que tantas veces y de tantas formas se vuelven también sus discípulos). Recintos en los que la creatividad no sólo florezca, sino que pueda acunarse hasta que alcance la madurez plena y desde allí nutra a otros.

A esta escasa estirpe perteneció doña Márgara Garza Sada de Fernández. Gozó no sólo del arte, sino de acercarlo a los demás a través de la promoción y formación del talento artístico. De manera muy particular del mexicano, en donde encontró diamantes en bruto que hoy brillan para la humanidad.

Me siento privilegiada por haberla conocido, siento una dicha particular de haber estado allí cuando conoció terminado uno de sus más recientes legados: el Centro Roberto Garza Sada de Arte, Arquitectura y Diseño. Lo observó todo y permaneció en silencio, hasta que al cabo de un rato preguntó: ¿Y ahora, qué sigue?

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx