De afuera hacia adentro

La violencia  de pareja está más extendida entre las mujeres que se casaron o unieron antes de los 18 años que entre quienes lo hicieron entre los 25 y más años.

Recién el domingo conmemoramos el Día Internacional de la Mujer. En este año, como tantos otros, las mujeres hemos sido blanco de infinidad de formas de violencia. Física, psicológica, sexual, política. Las cifras son aterradoras. A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud indica que más de un treinta por ciento de las mujeres alrededor del orbe han padecido algún tipo de violencia. Si ponemos la lupa en el caso mexicano, el dato es de casi el doble, de manera muy señalada en algunas entidades como Edomex o Chihuahua. Nuevo León dista poco de la estadística: de acuerdo a la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh 2011), en nuestro Estado el 62.4% de las mujeres de 15 años y más declaró haber padecido algún incidente de violencia. Entre mujeres de 30 a 39 años encontramos al grupo de edad más vulnerable, en el cual la cifra se eleva a casi un 59 por ciento.

Es particularmente doloroso el que el amor, o la búsqueda del mismo, así como la inocencia y la escasa educación resultan ser variables fuertemente correlacionadas con vivir la violencia: en esta entidad, 44 de cada 100 mujeres de 15 años y más que han tenido al menos una relación de pareja, matrimonio o noviazgo han sido agredidas por su actual o última pareja lo largo de su relación. La violencia de pareja está más extendida entre las mujeres que se casaron o unieron antes de los 18 años (54.9%) que entre quienes lo hicieron entre los 25 y más años de edad (35.9 por ciento). Entre las mujeres que se han unido o casado dos o más veces, el nivel de violencia es mayor (51.6%) que entre aquellas que sólo han tenido una unión o matrimonio (45.4 por ciento).

La causa raíz de esta terrible numeralia termina siendo siempre un asunto de género, que no es otra cosa que esa idea de que las mujeres no están en donde deberían; que no tendrían por qué hacer negocios, que no tendrían por qué participar en manifestaciones, que no tendrían por qué divertirse, que no tendrían por qué estar, simplemente, allá afuera.

El territorio por excelencia de ese “afuera” es la política, el campo de lo público, por eso, aun en medio de este desolador panorama, 2015 parece una buena promesa para las mujeres. Así lo expresa, por lo menos, la sentencia SM-JDC-19/2015 dictada por la Sala Regional Monterrey de Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación en la que se leen, entre otras reflexiones trascendentes, las siguientes:

(Las acciones afirmativas en materia electoral) “buscan lograr una igualdad sustantiva, en la que se garantice la participación paritaria del grupo en situación de vulnerabilidad identificado —mujeres— en un proceso electoral, para que tenga una oportunidad real de integrar los órganos democráticos del Estado; y una (finalidad) mediata, consistente en alcanzar una igualdad estructural, favoreciendo a la colectividad identificada, eliminando los patrones tradicionales de segregación y jerarquía, rompiendo la inercia social y cultural, para con ello conseguir una permanente participación política de las mujeres”.

(…) “sirve de indicador y estímulo para que tales segmentos (las mujeres) sean considerados como iguales en todos los ámbitos, procurándose así las condiciones suficientes para frenar la inercia social de desigualdad en la cual se encuentran, al configurarse modelos de rol igualitarios y condiciones para una influencia política efectiva, superándose (o al menos así se pretende) con ello paulatinamente, los estereotipos que dificultan su acceso a los puestos o funciones de especial relevancia partidista y, en general, social”. (p. 12).

Los tribunales han hablado.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com