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Vivir en un sistema bipartidista polariza y simplifica. Allí los ciudadanos se plantean solo dos preguntas determinantes: ¿Estoy con algún partido político? Y, en caso de respuesta afirmativa, ¿de qué lado del espectro me sitúo? Así, las campañas electorales atienden, a su vez, dos frentes: la unidad del partido y el cultivo de los ciudadanos que toman la decisión de su voto casuísticamente.

Este esquema está a punto de cambiar en los Estados Unidos. Las candidaturas ya definidas con Donald Trump por el Partido Republicano, y Hillary Clinton por el Partido Demócrata pueden traer virajes importantes tanto por parte de la versión estadounidense del "voto duro", como, por supuesto, de parte de vinculación partidista prestablecida.

Ya fue evidente durante el proceso de selección interna que segmentos republicanos importantes no se sienten identificados con la candidatura de Trump, quien se ha distinguido por sus propuestas extremas, xenófobas y poco viables.

Por el lado de Hillary Clinton está, en primera instancia, el hecho de ser mujer como elemento que pudiera costarle la adhesión de sus correligionarios. Quien piense que esto está superado, le recuerdo que hace ocho años, cuando compitió contra Obama por la nominación demócrata, la decisión de sus correligionarios favoreció a un miembro de una minoría étnica segregada por esa sociedad todavía en la segunda mitad del siglo pasado. Las mujeres tenemos una discriminación histórica aún mayor que remontar. Pero está también la figura de su marido, el ex presidente Clinton, con las filias y fobias que su gobierno despertó. Obama sabe bien lo crucial que resulta el apoyo Demócrata, por eso ayer salió a darle un claro respaldo.

Por otra parte, precisamente sus propuestas extremas –en el caso de Trump- y su condición de mujer y ex habitante de la Casa Blanca –en lo que respecta a Hillary- pueden atraerles adeptos entre grupos que normalmente nunca votarían por sus partidos. El vecino del Norte se sacude.

Politóloga* 
miriamhd4@yahoo.com