Verdaderos superhéroes

No podemos perder su autoridad moral diluyéndola en campañas políticas, en tramitología desesperante en los juzgados o en acusaciones de los funcionarios.

Cual si fuéramos una de esas megalópolis de cómics, en el terrible ambiente de inseguridad que marcó este lustro, surgieron entre nosotros superhéroes que iban por la vida pretendiendo ser ciudadanos comunes, pero que, llegado el momento, se vestían no de látex, sino de arrojo descomunal, y le daban voz al más profundo sentir de la sociedad.

El experimento fallido que los había convertido en mutantes era quizá el más doloroso que un ser humano pueda experimentar: el secuestro de un hijo, como fue el caso de Isabel Miranda de Wallace, o de Alejandro Martí. A esa lucha se sumó también María Elena Morera quien, si no había perdido un hijo, sí había sufrido con los suyos la terrible angustia de la desaparición y tortura de su marido.

Hay rasgos muy similares en los movimientos que encabezaron; una especie de aceptación de tener que mantener un diálogo con quien, de alguna (muchas) formas, era corresponsable del calvario que estaban viviendo. Verse en la necesidad de ir por la vida valiéndose de sus propios medios para buscar a sus seres queridos, pero no quitar el dedo del renglón exigiendo la coadyuvancia de las autoridades en las pesquisas. Los hijos de Wallace y Martí fueron muertos a manos de sus captores. El esposo de María Elena volvió a casa con cuatro dedos de menos y un ánimo seriamente vulnerado.

Los tres se asemejan también por sublimar su dolor a través de la lucha por que no haya más personas que vivan la terrible tragedia por la que ellos pasaron, al tiempo que buscaban que ese mismo gobierno, omiso para cuidar a sus familiares, ausente para buscarlos, fuera en cambio uno que les diera al menos la tranquilidad de la justicia.

Los caminos que han tomado desde entonces comienzan a diversificarse: en la señora Wallace el país perdió a una extraordinaria activista y el PAN ganó a una muy poco eficaz candidata al gobierno del Distrito Federal. Alejandro Martí sufre aún la incapacidad del sistema judicial mexicano que, con el captor y asesino de su hijo, confeso y tras las rejas, ordenó reponer el proceso por una omisión simple de un ministerio público que no estampó su firma en la foja correspondiente del pasmosamente grande expediente.

María Elena Morera confesó esta semana a Ciro Gómez Leyva que el policía aquel con quien tanto trabajo hizo en conjunto y con el que al parecer se fraguó una amistad, en su momento la amenazó con pasar sobre ella y sobre su familia si seguía encontrando fallas a la corporación que él encabezaba. Asunto que el señalado Genaro García Luna negó tajantemente.

Es importante que las imágenes de estos personajes fuera de lo común, de estas figuras que poblaron de esperanza el oscuro paisaje de nuestra aún no superada crisis de inseguridad, no se desdibujen en el panorama nacional. Es fundamental que sus voces no se apaguen, sino que tengan eco en las de tantos otros injuriados por este mal que se nos enquistó con la complicidad de quien estaba llamado a cuidarnos.

No podemos perder su autoridad moral diluyéndola en campañas políticas, en tramitología desesperante en los juzgados o en acusaciones de los funcionarios. Todas esas cosas son la kriptonita que debilita a estos hombres y mujeres de acero que nos demostraron las montañas que se pueden mover cuando el interés es genuino.

mhinojosa@udem.edu.mx