La UNESCO nos da un baño de realidad

Si bien México ha aumentado su cobertura, la escolarización no es necesariamente exitosa en cuanto a lograr las competencias a las que se abocan esos niveles educativos.

Corría el sexenio de Carlos Salinas de Gortari y, coincidencias (léase excelentes publirrelacionistas) permitieron que México se convirtiera en sinónimo de belleza y cultura. La exposición itinerante México: Esplendores de treinta siglos mostró con orgullo la profunda raigambre de las manifestaciones artísticas que se han dado en nuestro territorio. Por aquella época fue también que los excelsos poemas de Octavio Paz alcanzaron el muy merecido Nobel de Literatura y, en un nivel mucho más profano, las curvas de Lupita Jones le permitieron alzarse con el primer título de Miss Universo concedido a una mexicana.

Una alineación semejante de los astros (me refiero, por supuesto, a estrellas del cabildeo mediático internacional) se observaba en el firmamento durante finales de 2013 e inicios de 2014. A los elogios otorgados por las publicaciones Foreign Policy y Time —que colocaba al presidente Peña Nieto como uno de los 100 líderes mundiales— siguió la designación de Luis Videgaray, por parte de la revista The Banker de la prestigiosa casa Financial Times, como el Secretario de Finanzas 2014 a nivel mundial. Ni hablar de la atención que se brindó a la participación de Peña Nieto en el Foro Económico Mundial de Davos, donde su presentador insistió en incontables ocasiones en lo impresionante de los logros reformistas de quien detenta el Poder Ejecutivo en nuestro país.

En el recuento de dichas reformas está, por supuesto, la educativa. Sin duda un paso en la buena dirección si hablamos de un magisterio correctamente seleccionado y evaluado a través de un sistema de méritos.

Pero, antes de que los violines empezaran a tocar música romántica como fondo para esta luna de miel entre la opinión pública internacional y el gobierno mexicano, vinieron las durísimas declaraciones que la UNESCO hizo públicas durante la semana pasada.

La aseveración no dejaba margen a interpretaciones diversas: México no alcanzará los Objetivos del Milenio en materia de educación. No lo logrará en el ámbito de la calidad de la formación que ofrece, pero tampoco le será posible alcanzar los indicadores propuestos en materia de alfabetización.

Las metas a las que alude el organismo de Naciones Unidas datan del año 2000, cuando, en el marco del Foro mundial sobre Educación, celebrado en Dakar, México se comprometió a abatir en un 50 por ciento el analfabetismo entre la población adulta. Sin embargo, la cifra que en aquel entonces era de prácticamente 6 millones y medio, hoy se ubica aún en 5 millones 300 mil. 

Por otro lado, si bien México ha aumentado su cobertura y ha conseguido prácticamente el 100 por ciento en primaria y se encuentra en vías de lograrlo en secundaria, la escolarización no es necesariamente exitosa en cuanto a lograr las competencias a las que se abocan esos niveles educativos. Y lo más aberrante es que, a pesar de estar claramente identificado —de acuerdo a lo que declara la UNESCO— que el mejor camino para aumentar la calidad de la educación es invirtiendo en la capacitación de los docentes, y habiéndose alcanzado la reforma educativa, echamos por la borda el instrumento con el que medíamos estos logros, que es la prueba ENLACE.

Agréguese a ello que el segundo paso de la receta para el éxito educativo es enviar a los mejores docentes a donde están los niños más necesitados y volteemos a ver lo que ocurre con los maestros de lugares como Oaxaca y Guerrero: nos daremos cuenta de que no sólo no alcanzaremos las metas para 2015, sino que tendremos suerte si no retrocedemos en nuestros frágiles logros.

mhinojosa@udem.edu.mx