Santos no hay tantos

Es iluso considerar que, por tratarse de la intimidad de los sujetos, el inconsciente colectivo habrá de hacer un divorcio en la percepción que tiene y los hechos.

La moral ciertamente no es un árbol que dé moras, más bien parece un tema que ocasiona hartos problemas a los personajes públicos. Algunos hechos suscitados recientemente han traído a la mesa de debates el asunto y han llevado a algunos a manifestarse firmemente en el sentido de dejar la vida privada para la intimidad de la persona y juzgar a los que están bajo el atisbo del público en general solamente a la luz de su conducta en el ámbito de sus funciones profesionales.

Me refiero, entre otros, al caso del comunicador Pedro Ferriz de Con y al asunto de los **diputables**. Es cierto que, en ambos casos, la información se obtuvo por métodos no sólo indebidos sino, en al menos el primero de estos temas, de forma que pudiera calificar como delictuosa y que, dicho sea de paso, no hay noticia de que se haya dado un seguimiento en esta dirección.

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en los procesos llevados a cabo por el Poder Judicial, a la sociedad nada le impide basar sus consideraciones en torno a un individuo en conductas y conversaciones que se hayan obtenido de forma poco ortodoxa o incluso abiertamente contraria a la ley. Lo que el ciudadano de a pie juzga es la veracidad de lo ocurrido y si lo expuesto es creíble o, más aún, si los evidenciados acreditan su participación en los eventos, tal como lo han hecho en los dos asuntos que aquí referimos, la fuente es lo de menos.

Es iluso considerar que, por tratarse de la intimidad de los sujetos, el inconsciente colectivo habrá de hacer un divorcio entre la percepción que tiene de ellos en su quehacer cotidiano frente a la ciudadanía y lo que los hechos muestran que es su realidad personal. Ello simplemente porque en el individuo observado tampoco es posible pensar que se dé un tal divorcio.

No podemos imaginarnos al comunicador mintiendo a su esposa, pero revelando verdades a su audiencia. Tampoco nos es dable pensar en un diputado gozando de espectáculos que se basan en la cosificación de la mujer, para después defender en tribuna la perspectiva de género para las políticas públicas. El caso de Clinton es paradigmático al respecto: habría que creer en una capacidad más allá de lo conocido, en una especie de superpoder que le permita, en el mismo icónico espacio denominado Salón Oval, lo mismo darse a los deliquios en compañía de la Lewinsky, que concentrarse en los más graves problemas de la nación que le fue dado dirigir.

No se trata pues de posturas pudendas o conservadoras. Se trata de la más pura realpolitik que entiende al ser humano tal como es: uno en su forma de sentir, de pensar y de actuar; que sea en público o en privado; que sea en temas íntimos o en lo que respecta a la agenda política. 

Por supuesto que muy pocos pasarían la prueba del ácido conocida como congruencia, ese hilo que une la muy borrosa frontera entre la vida pública y la privada. Tal virtud es la que elevó a los altares a Santo Tomás de Aquino y sería poco serio —y bastante iluso— pensar que nuestra política y medios de comunicación estén plagados de personajes canonizables. Sin embargo, nada nos impide aspirar a abandonar la doble moral que parece apropiarse de nuestro entorno y que empieza con esa búsqueda constante de que se cumpla la voluntad de Dios pero en los bueyes del compadre.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx