Rechiflas en vez de pitidos

El Tec de Monterrey le cambió hace tiempo el nombre a la escuela a la que seguimos conociendo por sus anteriores siglas: la EGAPP, que pasó de serlo de Graduados en Administración y Política Pública, a Escuela de Gobierno y Transformación Pública. Creo que no soy la única con nostalgia por el nombre anterior —si no, por qué seguimos aferrados al acrónimo original. Sin embargo, la nueva nomenclatura encierra una verdad fundamental.

El análisis de Políticas Públicas basado en actores reconoce un triángulo que se forma entre los involucrados: en un vértice, por supuesto, el Gobierno como origen de la acción pública; por otro, el grupo de los beneficiarios, es decir, de quienes padecen el problema que se intenta resolver; mientras que en el tercer vértice encontramos al grupo meta de la política que se define como aquellos cuya conducta se considera nociva y que, por lo tanto, la política está destinada a modificar.

Parece muy simple, pero hay tanta ineficiencia del sector gubernamental explicable precisamente porque el grupo meta fue erróneamente identificado, es decir, por trabajar en modificar la conducta de quien no es el o la causante del problema. Más grave aún es cuando, quien debiera ser beneficiario de la acción pública, es etiquetado por ésta como quien tendría cambiar su forma de actuar.

En todo esto pensaba con la sonadísima historia del pito de Mancera. Es cierto, el adminículo permitirá —tal vez— que las fuerzas del orden perciban que hay quien requiera de ayuda; pero no somos las mujeres las que tenemos que cambiar. Son los hombres acosadores cuya conducta debe de ser modificada. Pero en esto, como en el establecimiento de taxis especiales para el género femenino, o vagones del Metro por separado, antes que trabajar en que los perturbadores abandonen sus prácticas, le imponemos nuevas a quienes los padecen: parece que lo que queremos es que todo cambie para poder seguir iguales.

miriamhd4@yahoo.com