Realidad que supera a la ficción

Cuatro días lograron mantenerla sin saber quiénes eran sus plagiarios. Pero la novatez, o los celos desbordados les jugaron una mala pasada...

Aquella tarde la vio por primera vez. Es cierto que se la había topado infinidad de ocasiones, pero sólo ahora la descubrió con sus ojos cafés tan luminosos. Al volver a casa fue capaz de recordar pieza por pieza lo que ella traía puesto en ese momento cuando, al caer el sol, la vio entrar como por vez primera a la puerta al lado de la carnicería.

Andrea era la hija de un tablajero que con esfuerzo había logrado reunir el dinero suficiente para ir montando su propio negocio que, a sus cincuenta ya bien entrados, daba para mantener a su familia, por supuesto, y como era el caso de todos los pequeños comerciantes de la zona, sin lujos.

Por la noche Israel no se la podía sacar de la cabeza. Se preguntaba cómo fue que le llevó tanto tiempo notar su belleza, oír su risa, distinguirla de su grupo de amigas. Sabía bien que era hija de familia, que no había que hacerse ilusiones, que su papá querría para ella alguien que tuviera otra cosa que ofrecerle que estudios truncos de preparatoria. Y, entonces, se le ocurrió la idea genial para estar cerca. Llegaría a ella precisamente a través de su padre. Entraría a trabajar en la carnicería.

Desde las primeras horas de su nueva labor se dio cuenta de que el precio por estar cerca de Andrea sería caro. El olor de la sangre que se desparramaba por todo el cuarto frío le había saturado ya la nariz y le subía hasta la frente en forma de jaqueca. Justo cuando se preguntaba en qué se había metido, vio los tenis de Andrea aparecer detrás del cuadril de res que le tapaba la vista. Lo hizo a un lado con las pinzas que le habían dado para manipularlos y saltó sobre la ocasión sin perder más tiempo. Le dijo que le gustaría invitarla a salir el viernes, cuando su padre le pagara su primera semana. Quedaron de verse junto al cine. Entraron y con unas palomitas le brindó también su mano, y luego la boca. Para cuando salieron ya eran novios.

Y así se le fueron las semanas y los meses. Intercambiando el olor de la carne cruda, por el aroma de la suave carne de aquella a quien amaba tanto como para seguir en el negocio de su padre. Hasta que un día, harto de las burlas que le hacían los amigos con los que tanto anduvo antes de su noviazgo y ahora los tenía abandonados, aceptó la caguama que le extendieron y se quedó a tomar en casa de uno de ellos. Con el alcohol vinieron también las confesiones. Las dudas que sus cuates albergaban de que Andrea le fuera infiel con el chico aquel con el que a veces la veían bajar del camión. Vino también el alarde de lealtad, la presunta solidaridad, el juramento de estar dispuestos a ayudarle a robársela, a sacarle al viejo una buena cantidad y quedarse con la muchacha, o deshacerse de ella, dependiendo de qué les confesara respecto a su relación.

La tomaron por asalto a la bajada del camión, la subieron a un coche prestado y no dejaron que Israel dijera una sola palabra. Cuatro días lograron mantenerla sin saber quiénes eran sus plagiarios. Pero la novatez, o los celos desbordados les jugaron una mala pasada. Al tratar de hacerla confesar sus infidelidades, Israel evidenció su rostro, Andrea tuvo frente a sí los ojos del que hace poco le había pedido matrimonio, la mirada del que hasta hace unos días pensó que sería el padre de sus hijos. No tuvo oportunidad de reflexionarlo mucho, el tronido de una bala le atravesó el pecho y la conciencia, apagándola para siempre. El olor de la sangre que brotó del cuerpo de Andrea, le trajo a Israel el recuerdo de aquella tarde en la carnicería, cuando descubrió su minúsculo cuerpo detrás del inmenso trozo de carne.

mhinojosa@udem.edu.mx