“Querida, no encogí a las niñas, pero ganamos el Nobel”

En lugar de abstraerse en la búsqueda solitaria que tantas veces acompaña al quehacer científico, decidieran acompañarse a través del matrimonio.

“Pásame la rata, mi amor” debió ser una frase repetida continuamente entre el matrimonio de origen noruego que porta el apellido Moser: May-Britt y Edvar fueron dados a conocer esta semana como los ganadores del Premio Nobel de Medicina.

A ambos los han unido una serie de rasgos comunes a lo largo de sus cinco décadas de existencia. Los dos provienen de poblados rurales escasamente habitados y fueron procreados por familias sin ningún vínculo científico o universitario. Si bien pudieron haberse conocido desde la infancia, no fue sino hasta su ingreso a la Universidad de Oslo cuando dieron uno con el otro y pronto optaron por unirse en matrimonio.

El mérito lo comparten con un profesor estadunidense quien fuera su mentor en su paso por el University College London. Mientras el doctor O’Keefe, quien los guió por los intrincados rincones del cerebro, descubrió las “células de lugar”, los Moser dieron con otro descubrimiento que bien se complementa con el de su profesor: las “células de red”. Ambos mecanismos permiten que los individuos de diversas especies identifiquen el lugar en el que se encuentran y puedan anticipar rutas, prever rumbos y, por lo tanto, ubicarse. Evidentemente, los vínculos que este tema tiene con la memoria son muy intensos, por lo cual, lo que han identificado permitirá entender mejor el proceso que viven los pacientes con enfermedades tales como el síndrome de Alzheimer, para quienes la pérdida de la memoria, y, por la tanto, la falta de ubicación espacio-temporal representa un viaje sin retorno hacia una terrible vulnerabilidad.

Para que la historia de los Moser fuera relevante, bastaría con la aportación que estos científicos han hecho al bagaje de conocimientos con los que la Humanidad construye y reconstruye su Historia y la percepción que tiene de sí misma.

Sin embargo, lo que la rodea la vuelve, a un tiempo, emblemática y enigmática. ¿Cómo dos niños en ambientes, al parecer, poco propicios a la búsqueda científica deciden volcarse a estudiar la biología? ¿Por qué, en vez de contemplar la fauna optaron por estudiarla y entenderla?

También resulta curioso que, llegados a un espacio por fin fértil para desarrollar las actividades que les apasionaban, en lugar de abstraerse en la búsqueda solitaria que tantas veces acompaña al quehacer científico, decidieran acompañarse a través de un nexo tan formal como es el matrimonio.

¿Cómo, además, deciden (no puedo imaginar que entre biólogos eso ocurra por mero accidente) optar por la paternidad no una, sino dos veces, sumando a sus tareas las de la crianza de sus dos hijas a las que les prodigan, de acuerdo a las declaraciones de una de ellas, tanta atención como a su laboratorio?

A veces parece que la Ciencia más que negar los milagros, los confirma. A veces parece que los misterios del Universo encuentran vías igualmente misteriosas para revelarse al mundo a través de unos pocos, excepcionales, individuos. 

¿Tenemos alguna capacidad de impulsar estos hallazgos magníficos o somos simples espectadores en espera de una alineación conveniente de astros? Poniéndolo en términos de política pública: ¿tiene sentido la inversión del Estado para el fomento a la investigación?

Creo que la respuesta se encuentra en un punto intermedio: dejemos que los genios que surjan se encuentren siempre con las mejores condiciones para que su saber emerja.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx