Propósito

Difícilmente podemos invocar la bonanza económica de los regiomontanos como argumentos para inversiones como la que implicaron el desfile de globos.

Hay muy pocos autores en la Ciencia Política que en aras de la brevedad no hayan sacrificado ni un ápice la elocuencia de sus palabras. En esta categoría es en la que se inscribe Maquiavelo. Bien sabía el florentino que dar consejos basados en obviedades es cosa fácil, pero apenas digno de comadres lavanderas. En cambio, el arte de guiar, es decir, de anticipar los posibles escenarios y sus desenlaces, y sugerir la adopción de una u otra postura con base en ello, es cosa harto más difícil.

Por eso cuando habló de la importancia que para todo gobernante tiene el ser temido y el ser amado por sus gobernados, no se limitó a indicar que ambas era cosas deseables para quien detenta el poder, sino que invitó a que, al tener que optar por una u otra de esas posturas, debería, en aras de mantenerse en el poder, elegir la del temor.

No fue en cambio Maquiavelo quien enunció aquello de que “al pueblo pan y circo”. Si así hubiera sido, nos habría dejado una fórmula explicando qué hacer en caso de tener que elegir entre brindarles el pan o pagarles el circo. En los países en los que más de la mitad de la población, como es nuestro caso, vive en condiciones de pobreza, la disyuntiva citada está siempre presente, y todo aquello que se gasta en diversión y esparcimiento son recursos que en consecuencia no se destinan a brindar alimentos para aliviar de manera momentánea las necesidades más apremiantes, y son asimismo presupuestos que no se dirigen hacia otras formas más duraderas de superar la pobreza, como la educación.

Quién, con las tripas gruñendo, prefiere dedicar sus magros ingresos a pagar un saltimbanqui. Quién, pudiendo adquirir un bien duradero, opta por la fugaz sonrisa que provoca el mimo. Y sin embargo, cuando llevamos la ecuación más allá de la escala individual o familiar, y tratamos de trasladarla al ámbito del estado o del país, la racionalidad gubernamental parece despegarse completamente de la de aquellos a quienes pretende administrar.

Creo que difícilmente podemos invocar la bonanza económica de los regiomontanos o de los nuevoleoneses como argumentos para inversiones como la que implicaron el desfile de globos gigantes organizado por el municipio de Monterrey o la exposición de figuras luminosas colocada por el Gobierno del Estado. En ambos casos, señalan sus organizadores, la aportación pública sólo fue parcial, sumándose a la de entes privados. Aun siendo así, las cifras millonarias erogadas dejan la sensación de que pudieron tener un mejor destino.

Y por qué nuestros gobernantes, siempre tan racionales en su toma de decisiones, deciden optar por este dispendio. La respuesta no está en ellos, sino en la ciudadanía. Porque, contrario al espíritu de paz y solidaridad al que apelan las festividades que se engalanaron con estos despliegues de ornamento, la realidad es que los mexicanos no nos amamos los unos a los otros. Es más, estamos convencidos de que si nuestro vecino tiene la oportunidad de hacernos daño, sin duda lo hará. ¿Por qué habría entonces de preocuparnos el dolor ajeno por encima de la diversión propia? ¿Y por qué, entonces, nuestros gobernantes habrían de sentirse proclives a privilegiar el silencioso acto de calmar el hambre de los que sufren en lugar de alegrar, así sea fugazmente, el gozo de los que están entregados al disfrute?

Tal vez si nuestro propósito de este 2015 fuera preocuparnos por el bien del prójimo, se nos devolvería el bíblico ciento por uno por la vía de un mejor gobierno que no haga sino emular nuestras propias prioridades.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com