Prohibido tirar comida

Nuestras familias se han vuelto más pequeñas. En contrapartida, el empaquetado para el consumo ha ido creciendo. Los mercadólogos han encontrado en nuestra ambición un botón altamente sensible para las compras irracionales. Obviamente se trata de ahorros mal entendidos que en lugar de llevar al alza nuestros bolsillos lo que hacen crecer es el desperdicio. Los hogares rompen ya sin mayor pudor la otrora sacrosanta regla de que la comida no se tira. Así, la ya de por sí grande brecha entre los que viven en pobreza alimentaria y aquellos a los que les alcanza hasta para lamentar los kilos de más se va exacerbando. Afortunadamente, la burbuja se ha reventado y empiezan a surgir iniciativas para redistribuir algo de la abundancia.

Están, por un lado, llamados individuales como los que hacen los denominados café del calcetín, en los que en la compra de un café o un pan aceptas duplicar el pago a fin de que la segunda tanda se le obsequie a quien no pueda pagársela. O bien, las nuevas agrupaciones de cupón-maniacos quienes, sublimando su adicción a los vales de descuento, se organizan para donarlos a las beneficencias.

Por otra parte, con una perspectiva de alcance nacional, los legisladores franceses han generado una ley que obliga a los supermercados de más de 400 metros cuadrados (los que en francés se denominan grandes surfaces) a establecer convenios de donación para garantizar que no haya desperdicio de alimentos que, si bien se encuentran todavía en estado propio para el consumo humano, ya no lo están para su atractivo despliegue en los anaqueles.

Se ha dado a los autoservicios medio año para establecer estos acuerdos con las instituciones de beneficencia y, transcurrido este lapso, estarán sujetos a 75 mil euros de multa en caso de tirar frutas, verduras o carnes en buen estado. Se prevé que el país galo proceda a ejercer presión en el marco de la Unión Europea para que todo el espacio común adopte medidas semejantes.

Sin embargo, el más grave desperdicio no está ni en los cafés, ni en los cupones, ni en el súper, sino en casa. De ahí que la iniciativa francesa prevea cerrar la pinza con educación en los hogares. Esto es seguramente lo que más urge que les copiemos en un país con 50 millones de pobres.


Politóloga*  
miriamhd4@yahoo.com