Peor

Salió a buscar esas respuestas que tanto le urgían. Había que saber de las mentadas reformas y pensó que la Cámara de Diputados sería el mejor lugar para ello.

Con una camiseta de la escuadra verdeamarelha y lentes de sol, subió medio malhumorado y arrastrando los pies al avión que se dirigía hacia el Distrito Federal. Como muchos otros pasajeros, había preparado lectura para el camino. Aunque claramente se escuchaba que su lengua nativa era el portugués, el libro aquel que portaba bajo el brazo, y que lucía algo maltratado a fuerza de traerlo consigo, tenía en su portada un título en español: Clasemediero. Pobre no más, desarrollado aún no. Y de su portafolios, cuyo cuero lucía la domesticación de mil batallas, se asomaba una revista en inglés. Saving México se alcanzaba a leer al frente de la misma.

El larguísimo viaje se hizo más pesado para un hombre de sus dimensiones y edad viajando en clase turista; pero, sobre todo, se hizo terriblemente agotador por el humor de los diablos que se había apoderado de él. Al aterrizar en Ciudad de México no había pegado el ojo sino un par de horas, justo las últimas, así que le costó trabajo incorporarse y recordar qué rayos estaba haciendo allí apretujado. Ordenó sus lecturas en el maletín y salió de la nave mientras se colocaba una chaqueta ligera.

Se registró en un sencillo hotel en la delegación Cuauhtémoc y, sin tregua, salió a buscar esas respuestas que tanto le urgían. Había que saber de las mentadas reformas y pensó que la Cámara de Diputados sería el mejor lugar para ello. Cuando entró a San Lázaro, más que a la sala de sesiones, optó por apersonarse en un espacio que lucía harto burocrático con una recepcionista junto a la puerta. “Busco a los Xuxos” masculló en la versión más castellana que pudo otorgar a su portugués. La recepcionista lo vio como si de un alienígena se tratara pero, negando su profunda raigambre gubernamental se esforzó en comprenderlo: “Perdón, ¿a quién dice que busca?”, le requirió. “A los Xuxos. Los izquierdistas de aquí. Los bigotones que vinieron a verme hace unos días a Brasil”. “Aquí son las oficinas de la bancada del PAN, pero si va usted al tercer piso del edificio que está aquí cruzando la plazoleta, allí encuentra lo que busca”, le respondió.

Resignado a que la mujer aquella no supiera que lo que buscaba eran respuestas de política económica y no al grupo que le fue a meter preocupaciones adicionales a su de por sí agobiada cabeza, siguió la ruta que le indicaron. Allí lo atendieron y le entregaron el documento aquel. Lo leyó acuciosamente de cabo a rabo. Conforme avanzaba en las páginas su mueca iba dando lugar primero, a un rostro de asombro y luego, a una franca sonrisa que, al llegar a la última foja del mamotreto, se abrió para dar paso a una sonora carcajada. El estómago le brincaba, se tocaba el pecho como si estuviera al borde de un infarto y las risotadas no cesaban. A fuerza de apretar los ojos para dejar escapar ese descomunal regocijo comenzaban a salirle lágrimas que rodaban por sus mejillas y que se limpiaba sólo durante los breves lapsos en los que podía soltarse el vientre que le dolía ya por las contracciones. Tomó aire, se calmó y dijo para sí: “¡Es Petrobras!” y la risa amenazó con apoderarse de él otra vez. Volvió al hotel por sus cosas y cuando llegó a Brasil le dijo a su eterno asistente que fue por él al aeropuerto: “Tudo no México é pior que no Brasil, ya me fui a enterar”.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx