Paradojas de la creación del INE

Malos augurios tiene un régimen alimenticio cuando inicia con una formal despedida de las fritangas consistente en un atracón de tacos, garnachas y tamales. Algo similar sucede con la creación del Instituto Nacional Electoral. En boca de sus creadores, todos ellos legisladores federales y líderes de partidos políticos, los motivos para tal cambio se pueden resumir en una búsqueda de fortalecer la democracia.

Sin embargo, como en el tosco símil con el que inicio estas reflexiones, mientras el espíritu es ése, las acciones apuntan en la dirección opuesta. Para que nazca el INE, los institutos electorales de los estados habrán de sufrir una merma en sus atribuciones. Poco importa si dieron reversa a la idea original de desaparecerlos por completo; la sola posibilidad de atracción que puede hacer el nuevo organismo de los procesos estatales, ya los coarta en libertades de las que antes gozaban por completo.

No entraré en la discusión de si el IFE ha probado ser más eficiente en la organización de los procesos electorales de lo que lo han sido los órganos locales, la discusión no está allí; no es un tema de pesos y centavos, es un tema de respeto al carácter federal de nuestro país. Se me dirá que un esquema federal no es per se ni más ni menos democrático que uno centralizado. Asiento en lo particular, disiento en lo general. Es decir, estoy de acuerdo ante la evidencia de una democracia plena y centralizada como lo es la francesa. Sin embargo, en el plano de los principios democráticos, y no de la operatividad de un régimen de este tipo, las cosas son distintas.

El federalismo es el esquema más adecuado que hemos podido encontrar para dar cabida a las profundas y reales diferencias que existen en un país plurinacional como es el nuestro. Si a nivel de etnias, lenguas, costumbres y religión somos tan distintos, por qué habríamos de ser iguales en lo que a política se refiere. Así, efectivamente, el federalismo en sí mismo no es más democrático. La diversidad a la que da cabida, sí que lo es. Así que un riesgo fundamental del surgimiento del INE no es solamente la potencial visión centralista con la que habrán de asumirse las particularidades electorales de cada región. Sino, por sobre todas las cosas, el abrir la puerta a que una eficiencia que aún está por verse abra una grieta por la que se cuelen más acciones que minen la autonomía de los estados. Y eso no abona en nuestra ruta hacia la democracia.

La capacidad para conseguir un consenso suficiente para que este cambio legislativo haya sido aprobado viene de que sus principales impulsores, los grandes partidos, son víctimas de un problema compartido. No les gustan algunas versiones de sí mismos encarnadas por las élites locales que han demostrado en años recientes ser capaces de apoyar, pero también de derrumbar proyectos nacionales.

Es sobre ellos que va esta reforma a fin de arrebatarles la principal carta que han hecho valer ante sus autoridades nacionales: su capacidad para lograr cargos de elección popular en sus respectivos estados. Pero resolviéndolo de esta forma, nos están pasando la factura a todos los ciudadanos, socializando así el costo que se niegan a pagar de imponer disciplina al interior de sus organizaciones.

Así, pueden seguir diciendo que se proponen adelgazar mientras ingieren chicharrones. Ya llegará el momento de pasar a la báscula y evaluar qué tan adecuada es la dieta que se decidió seguir.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx