País virtual

La prueba de egreso de licenciatura, denominada EGEL y aplicada por el Ceneval, arroja resultados graves: prácticamente la mitad de los graduados no posee los conocimientos que debió adquirir en la carrera que cursó y sólo el 10 por ciento de los evaluados obtiene competencias que califican como “sobresalientes”. La carrera que arroja el más alto número de reprobados es la de Economía, en donde el 62% de los egresados no alcanzó el nivel mínimo satisfactorio.

Es decir, por lo menos la mitad, lo que hizo en la universidad fue perder el tiempo. Lo mismo que lo pierden los alumnos de educación básica con clases de inglés impartidas, como reveló no hace mucho la organización Mexicanos Primero, por profesores que no poseen los conocimientos necesarios, obteniendo los resultados previsibles en el alumnado.

Así, las escuelas en México no forman, sino que entretienen. Y va igual para cualquier otro ámbito de la vida. Básicamente somos los pobladores de un país de realidad virtual en el que lo único que cambia es el juego en el que nos mantenemos entretenidos.

La mayoría de la población se desarrolla —es un decir— en un equivalente de Los Juegos del Hambre en el que definitivamente no hay tiempo para el aburrimiento. La vida transcurre en una eterna lucha por sobrevivir a través de la búsqueda de comida en un clima de desconfianza perpetua, ya que la supervivencia de unos significa la desaparición de los otros. Una elite observa entretenida cómo esta dinámica cuasi animal sirve para abonar a sus mezquinos intereses de dueños de la arena y de la franquicia donde tiene lugar la despiadada contienda.

Otros pocos han logrado salir hacia un nivel en el que, por lo menos, su vida no está en riesgo, pero donde la calidad de la misma ni siquiera está en la mesa de discusión. Allí se desenvuelven los que juegan a ser Ralph el Demoledor o Mario Bros. Albañiles o plomeros, carpinteros o panaderos, enfermeras o maestras. Trabajar constantemente para alcanzar metas modestas sin salir nunca del esquema preestablecido de puntos que no llevan a ninguna parte. Profesiones que no resisten una enfermedad catastrófica, que no generan movilidad social ni siquiera de una generación a otra, oficios de una cultura del esfuerzo que se desvanece cuando se ve morir al padre en la misma vieja cama en la que falleció el abuelo.

Pocos, muy pocos, viven en un escenario más sofisticado con personajes realistas, motivaciones complejas y herramientas para alcanzar metas más redituables. Jugadores en algo que se parece a Halo, donde el trabajo colaborativo, pero también las inquinas profundas tienen lugar en paisajes que casi se acercan a la realidad. Pero, aun allí, esto sigue siendo un juego.

Porque, en México, estudiar, ser profesionista, fundar una empresa, proteger una idea, desarrollar una familia, suelen ser formas de simplemente entretenerse en algo sin realmente lograr nunca nada. Porque el techo de cristal, los sindicatos, los patrones abusivos, los maestros irresponsables, los padres golpeadores, los políticos corruptos, las irregularidades hacendarias, la discriminación, los empleados ineficientes son, entre muchas otras, las formas que adopta esa ley que todo rige y que proviene, por supuesto, también de un juego: el Tetris, donde los errores se acumulan, mientras que los aciertos desaparecen.

No es de extrañar entonces la fascinación que tenemos con el más allá, con el mundo de los muertos al que reverenciamos religiosa y paganamente. No es raro que en eso tengamos cifradas en nuestras esperanzas, después de todo, aquí no pasa nada, aquí sólo nos entretenemos, porque aquí, sólo estamos de paso.

Politóloga*
miriamhd4@yahoo.com