Si así son con Oceanografía…

Sólo tras dos años y cientos de minutos al teléfono con los más déspotas burócratas con los que haya tratado en mi vida, he logrado por fin deshacerme del fardo.

Llevaba años enojada con Banamex. Cada vínculo con este banco, a lo largo de más de dos décadas, ha sido siempre motivo de dolores de cabeza y serios quebrantos a mi respuesta hepática ya que ha consumido dicho apéndice a punta de corajes. 

Corrían los fabulosos noventa –en los que éramos intelectuales de primera (gracias al Nobel de Literatura otorgado a Octavio Paz), éramos bellos (no en balde Lupita Jones había ganado por primer vez el título de Miss Universo) y éramos socios del mundo (allí estaba el TLC para probarlo). También éramos modernos, y por eso habíamos entrado al mundo de las AFORE, ámbito en el que me inicié con lo que creí la mejor decisión de mi vida: justo un día antes de que mis ahorros fueran a parar por default a la AFORE 21, yo me inscribí en la de Banamex. Fui feliz recibiendo mis estados de cuenta, hasta que un aciago día, hace cerca de un lustro, el dichoso documento me llegó en ceros. Unas cuantas llamadas bastaron para rendirme ante lo increíble: Banamex había entregado mi cuenta a otra institución que la había reclamado haciéndose pasar por mí.

Pero, al parecer, eso sólo es posible cuando eres un competidor. Cuando eres un cliente vaya si tendrás dificultades para acreditarte ante este banco. Hace unos días recibí los papeles que indicaban consumado un larguísimo divorcio que entablé con mi tarjeta de crédito. Nuevamente, se trataba de un instrumento con el que me encontraba contenta, hasta que llegó el momento de necesitarla por un ingreso de urgencia al hospital. Allí no sólo no me la valieron, sino que al parecer me la clonaron, por lo que Banamex, siempre tan servicial, decidió imposibilitar su uso. Ante la incapacidad de utilizar un plástico por el que, por supuesto, me seguían cobrando comisiones, seguros que nunca pedí y demás etcéteras, procedí, ilusa de mí, a intentar cancelarlo. Sólo tras dos años y cientos de minutos al teléfono con los más déspotas burócratas con los que haya tratado en mi vida, he logrado por fin deshacerme del fardo.

Hoy estoy inmersa en el ejercicio de altísimo nivel de complejidad consistente en comprobar que no realicé una serie de gastos que me aparecen en la tarjeta de débito y que ascienden a varios miles de pesos. Convencida de que por teléfono no lograría nada, acudí con el más empático de los gerentes quien, con cara de preocupación, atendió a todos mis reclamos y me dio un plazo de cuarenta días para resolver mi situación. Cuarenta días después me refiere que nada de esto procedió porque tenía que hacerlo por teléfono. Hoy, vía telefónica, he sido emplazada a otros cuarenta días, siempre y cuando me acerque a una sucursal y haga todo lo que ya hice con el consabido gerente. 

Pero hoy ya no estoy enojada. Me bastó leer el excelente resumen del fraude de Oceanografía a este banco que hizo ayer en MILENIO J. Jesús Rangel M. para darme cuenta de que no puedo considerar maldad lo que es fruto de la profunda ineficiencia que permea a todo este grupo bancario. Si con un cliente de ese tamaño, de acuerdo a la CNBV el banco omitió “implementar las medidas necesarias para que existiera una adecuada delimitación de facultades entre el personal que autoriza, ejecuta, vigila, evalúa, registra y contabiliza”, ¿qué puedo esperar yo, pobre mortal?

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com