Multitudes, juicios y autoridades

Una andanada  de tuits es equivalente a las hordas que un día celebraban la llegada de su Mesías y al día siguiente pedían que se le azotara.

El Derecho es esencialmente lógico. No lo es la justicia. Los principios del Derecho son favorables a la persona, no lo son necesariamente las leyes. Las argucias jurídicas que se compran al contratar un buen abogado pueden mantener impunes a delincuentes de alta monta, mientras que el intrincado laberinto de la legislación y muy especialmente el complejo Derecho procesal pueden sumir en la cárcel a inocentes.

Recién termina la Semana Santa y con ella la que pudiera ser la lección de Derecho más veces dictada en la historia de la humanidad: el Evangelio de la Pasión de Cristo. Cientos de generaciones de cristianos han conocido y reflexionado acerca del llevar y traer entre Herodes y Pilatos buscando quién era jurídicamente responsable por la suerte del Nazareno. A quien correspondiera dictar sentencia correspondería también cargar con la potencial insatisfacción de quienes un día pedían que se le crucificara y al siguiente podrían pedir la cabeza del jerarca que hubiere accedido a tal petición. No había por qué dudar de lo voluble de la opinión de los demandantes; apenas una semana antes de la fatal solicitud habían saludado con ramos de palmas la entrada a Jerusalén de aquel para quien pedían la pena máxima.

La voluntad popular no se ha asentado mucho desde entonces. Si acaso se ha vuelto aún más veleidosa. La opinión pública puede cambiar en nuestros días en razón de minutos. El concepto de viralización se ha convertido en el terror de las figuras públicas, quienes en un momento pueden estar en lo más alto de la aceptación, para caer estrepitosamente fruto de un error repetido sin cesar por la vía de la tecnología. Para las autoridades judiciales es hoy más fácil que nunca conocer la postura más popular en torno a un diferendo. Sin embargo, ésa no puede ser una determinante para dictar una sentencia.

Y es que las leyes están huecas si no se sustentan en principios. Entre ellos, hay uno particularmente relevante en el pasaje que referimos; la carga de la prueba está en quien acusa. Y la acusación tiene que tipificar un delito. Es decir, la transgresión específica de una norma. Sólo la materialización de esos elementos garantiza que los juicios no sean, como el que se narra en el Evangelio, una interpretación basada en el momentáneo sentir popular.

Así, los avances tecnológicos nos devuelven en más de un sentido a las relaciones humanas de las civilizaciones clásicas como la griega y la romana. Han permitido reconstituir escenarios muy parecidos al ágora en el que en la plaza pública se pueden llevar a cabo los debates y la toma de decisiones de los asuntos que atañen a la colectividad.

Sin embargo, también se han vuelto escenarios para juicios sumarios que provocan todo menos justicia. Una andanada de tuits es equivalente a las hordas que un día celebraban la llegada de su Mesías y al día siguiente pedían que se le azotara. Con un agravante: las multitudes de ayer tenían rostro, las de hoy pueden con absoluta facilidad ocultarse tras el anonimato o la impostura. Juzgar a través de estos mecanismos es equiparable a la propuesta de escoger entre liberar a Jesús o a Barrabás, aunque uno haya sido condenado siguiendo el debido proceso y del otro no se haya podido tipificar el delito.

La mayor paradoja en el proceso seguido a Cristo radica en que, entre autoridades que rehuían a su responsabilidad de juzgarle, el argumento que mejor se apreció como delito fue precisamente el que les pareció que ponía en riesgo su investidura: “Se proclamó Rey de los Judíos”. El poder nunca es tan expedito como cuando lo que busca proteger es su propia existencia.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com