Monarcas

La transmisión del poder a Felipe es un discurso implícito de empatía hacia los jóvenes, quienes son, sin duda, el grupo social más golpeado.

En España se aprobó la ley que permite la abdicación del rey Juan Carlos y la consecuente llegada al trono de su hijo Felipe, hasta hoy, príncipe de Asturias. El asunto abrió a medias un debate acerca de un asunto que en pleno siglo XXI parecería cosa zanjada, pero que de acuerdo a la evidencia no lo es. Que el poder se transmita por herencia, que a una familia se le conceda la potestad de gobernar a todas las demás por así corresponder a su linaje, no es sólo propio de los cuentos de hadas, sino una realidad cotidiana en un importante número de Estados y, lo más interesante, muchos de ellos, con características que los hacen calificar plenamente como democráticos.

Entre algunos de los pros de las monarquías está precisamente esta predictibilidad de la sucesión; existe una línea de sucesión claramente estipulada y de cuyo respeto procede la legitimidad de quien se convierte en monarca. Lo que queda mucho menos claro, como lo deja entrever la legislación que se tuvo que someter al voto de los legisladores ibéricos, tiene que ver con los tiempos de los cambios en el mando. La abdicación de Juan Carlos es claramente una movida política en una España dolida por un desempleo galopante, una dolorosa crisis económica y un rey con prácticas cada vez menos en boga. La transmisión del poder a Felipe es un discurso implícito de empatía hacia los jóvenes, quienes son, sin duda, el grupo social más golpeado por las dificultades que atraviesa este país y Europa entera.

Con la rapidez del movimiento se conjuró, además, este debate apenas suscitado del que hablábamos al principio y que los republicanos buscaron atizar, proponiendo que fuera el pueblo español quien decidiera si quería continuar o no siendo una monarquía. Curiosamente, es justo a Juan Carlos a quien se le atribuye una frase de las más afortunadas que se han dado en el ámbito político: cuentan que alguna vez aseveró que le gustaría ser el rey de una República, dando con ello a entender su voluntad de facilitar los procesos de diálogo y consenso propios de la democracia, más que buscar arrogarse un poder más allá que el bastante acotado que les es dado a las monarquías constitucionales.

El monarca saliente fue sin duda pieza clave del tan celebrado proceso de transición española. Le dio a Franco la salida que anhelan todos los autócratas para seguir creyendo que es a ellos y a nadie más a quienes sus pueblos deben la estabilidad.

Si otra virtud hubiera que encontrarle a los regímenes monárquicos europeos es el que sus descendientes no se han escudado ni en sus títulos, ni en lo seguro de su futuro, para dedicarse al dolce far niente, muy por el contrario, se han estudiado y se han formado en las artes militares, de tal forma que hay menos posibilidades, de las que ya vimos y padecimos en las repúblicas, de que la ignorancia se convierta en la pésima consejera de un popularmente votado, pero escasamente formado líder republicano.

Así, junto a sus fastos indolentes respecto a la situación económica de sus compatriotas y frente a un ceremonial completamente ajeno a los tiempos que corren, las monarquías no parecen cercanas a su desaparición y, por el contrario, parecen adaptarse de un modo sui géneris a una época para la que, sin duda, no fueron planeadas.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx