Marianne

Marianne no sólo es la patria, sino una vertiente política de ella. Marianne es la Francia, pero la Francia republicana. La que porta el gorro frigio.

La patria ha sido siempre, en realidad, la matria. Dígalo si no el género del sustantivo, a pesar de la raíz paternal que lo nombra. Díganlo, aún más fuerte, sus femeninas y voluptuosas representaciones: es el progenitor proveedor, pero no en el sentido macho-cazador del término, sino en la perspectiva de madre lactante y protectora; altiva y próxima al mismo tiempo.

Entre estas representaciones tiene un lugar importante la iconografía de la Marianne francesa. Marianne no sólo es la patria, sino una vertiente política de ella. Marianne es la Francia, pero la Francia republicana. La que porta el gorro frigio. La que enarbola los ideales expresados por el bleu, blanc, rouge de la bandera.

El 14 de julio, Francia festeja el aniversario de la toma de la Bastilla y, también, la primera conmemoración de ese hecho, ocurrido al año siguiente, es decir en 1790, bajo el nombre de Fiesta de la Federación, que ya desde aquel momento llamaba a la unidad entre los galos.

Es quizá esta temprana y amplia adopción de los valores liberales gestados, de hecho, en su propio suelo, o ésta también muy temprana búsqueda de la reconciliación y solidaridad nacionales o, muy probablemente la combinación de ambas, lo que hace de Francia el, por llamarlo de algún modo, menos latino de los países latinos. Mientras Italia ha vivido importantes golpes de timón político que han llevado incluso a acuñar el término “deriva a la italiana”, mientras Portugal se desarrolla en alguna suerte de islotes que parecieran no alcanzar a la Lusitania rural, mientras España sigue fiel a su cuestionada monarquía, Francia se erige como el interlocutor privilegiado entre estas naciones con las que comparte raíces, y sus vecinos y socios con inquietudes y perspectivas afincadas en valores anglo-germanos.

El gobierno de Francois Hollande se volvió beneficiario de este carácter nacional y adquirió un rol preponderante en las recientes negociaciones con Grecia. El país heleno fue siempre motivo de duda en los procesos de incorporación tanto a lo que fue la Comunidad Económica Europea como a la Zona Euro. Se sospechó desde un inicio de su incapacidad para mantenerse dentro de los estrictos cánones de salud económica de los miembros de la UE y, por lo tanto, se teme siempre por la exagerada necesidad que pueda mostrar de solidaridad por parte de los otros miembros.

Sin embargo, el hartazgo de la población griega, y el peligro que para la estabilidad democrática del continente representa el crecimiento de las fuerzas de extrema derecha en muchos países, volvieron necesaria una negociación con guante blanco para la que la imagen dura y disciplinaria de Angela Merkel era un pasivo. Esto trajo de vuelta a Francia como parte de la dupla que constituyó el núcleo duro en los tiempos en los que la integración europea revestía una necesaria evangelización de todos los que veían a Alemania como el lobo revestido con piel de oveja listo para atacar a los inocentes que le abrieran la puerta.

Entonces, como hoy, el rol de Francia fue el del aval por excelencia, el del pariente que lo mismo sabe de finanzas que de las penurias de la familia y es por lo tanto capaz de encontrar un acuerdo satisfactorio para los acreedores y soportable para el incomprendido primo pobre.

Sin embargo, la negociación con Grecia no es sino la primera puntada de un zurcido delicadísimo que requiere la Casa Común Europea. La solidaridad en la que se sostiene huye fácilmente ante las crisis económicas, el desempleo, la inmigración masiva. Es un nuevo reto que no puede enarbolar sola Alemania bajo el ojo constantemente crítico de Gran Bretaña. El rol que juega Francia en hacer que la Unión Europea exista es determinante. Por eso, y porque trasciende gobiernos y fronteras: ¡Viva la República! ¡Viva la Marianne!

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com