Liberen a Willie y a su entrenador

¿Qué pasará con los espectáculos en los que están involucrados otro tipo de animales también potencialmente violentos?

Anticlimático en el marco de las vacaciones de Pascua, se hizo público el fallo de los tribunales estadunidenses en el sentido de votar contra la apelación hecha por el complejo de parques de atracciones Sea World con el fin de revertir la decisión tomada por la Agencia del Trabajo del gobierno estadunidense (la OSHA) que prohibió la interacción cuerpo a cuerpo entre entrenadores y ballenas orca.

Como ya superó las cuatro décadas de vida, recuerdo, tal vez usted también, cuando esos mamíferos eran llamados ballenas asesinas y sabíamos prácticamente nada de ellas aparte de que sus filosos dientes podrían dar cuenta de cualquier individuo en un santiamén. Esta perspectiva dista muchísimo de la que tienen los niños y adolescentes que han crecido con las impresionantes acrobacias de estos mastodontes acuáticos y, por supuesto, con la saga de películas en las que se libera a Willie.

Sin embargo, este apego a una visión idílica de una especie de mascota demasiado grande para tener en casa pero tan accesible como un chihuahua se debe, en gran parte, a un despliegue impresionante de relaciones públicas encabezado por quienes han hecho de su exhibición y productos alusivos una industria millonaria. La realidad es que, si bien en proporción a la cantidad diaria de shows que brindan durante largas temporadas en el año, las manifestaciones agresivas de estos animales son muy pocas, tampoco son inexistentes. Durante estos episodios los complejos recreativos han salido a la palestra para desmentir a los potenciales testigos, o incluso culpar a los propios entrenadores agredidos de presuntas desatenciones que habrían sido la causa de estos incidentes con consecuencias incluso mortales.

El asunto queda plasmado en un documental que vale la pena ver con detenimiento y que lleva el nombre de Blackfish. Si bien en el mismo se atacan de manera evidente las decisiones y posturas de los dueños, administradores y voceros de los parques, en ningún momento se sataniza al animal cuya relación amistosa con el ser humano queda plasmada en condiciones de vida salvaje pero se revierte cuando su usufructo en espectáculos pasa por su sustracción a la madre durante su infancia y condiciones de cautiverio que implican maltrato y hacinamiento. 

Se trata de un caso sumamente interesante en el que, por la vía de la protección al ser humano se impulsa la protección de alguna especie animal. Abogar por los derechos de los trabajadores de Sea World para que puedan realizar su trabajo en condiciones que no pongan en riesgo su integridad física, es también argumentar en favor de detener el cautiverio y el sometimiento de estos cetáceos para la realización de actividades impropias de su naturaleza en aras de un malentendido disfrute humano de la espectacularidad de sus dimensiones, capacidad de aprendizaje y sociabilidad.

El asunto tendrá ramificaciones que irán seguramente más allá de la presentación del asunto ante la Suprema Corte por parte de los parques Sea World. ¿Qué pasará con los espectáculos en los que están involucrados otro tipo de animales también potencialmente violentos? ¿Cómo se atenderán los riesgos mortales de otras profesiones como las carreras de autos o los dobles de riesgo? ¿Qué será del avance que se logró en el aprecio y respeto de este animal gracias, paradójicamente, a su entrenamiento? 

Vale la pena seguirle la huella al asunto y tratar de que esta vez, a diferencia de lo ocurrido ante los ataques mortales, aprendamos algo al respecto.

mhinojosa@udem.edu.mx