¿'Keep calm and…'? III

A la mediatización que de por sí traen consigo los regímenes de partidos y las escalas local, regional y nacional, se vino a añadir la capa europea, cada vez más hambrienta de poder e inaccesible por etérea y lejana. En este sentido hay una institución europea que es quien más queda debiendo. El Comité de Regiones, cuyo mandato era precisamente acercar lo local al mecanismo de toma de decisiones continental.

Esto nos retrotrae a debates típicos de finales de los ochenta y principios de los noventa que parecían superados, pero que no eran otra cosa sino brasas que se mantuvieron ocultas, aunque no menos candentes. El Estado: entre la aspiración supranacional y los particularismos locales, reza el título de la investigación con la que un equipo de colegas nos graduamos de la maestría en aquel verano del 95. Se hablaba entonces de que los Estados estaban por convertirse en cascarones vacíos de los que Bélgica era el primer ejemplo: obligada a ceder poder a sus regiones en permanente tensión, y convertida en estandarte del sueño europeo que, en esa época de efervescencia de Maastricht reclamaba moneda, centralidad bancaria y hasta diplomacia, en aquel país sólo quedaba un belga, el rey como único símbolo de lo nacional. La decisión recién tomada por los ingleses demuestra que el Estado-Nación no ha muerto y pudiera volver por sus fueros. 

Pero tampoco están extintas las aspiraciones supranacionales ni los particularismos locales. Así, al tiempo que los ingleses se reivindican como tales, escoceses e irlandeses les recuerdan que su mantenimiento en el estado de cosas provenía de que la fuerza centrípeta inglesa se contrarrestaba con la fuerza centrífuga europea. Y que no están dispuestos a quedarse cruzados de brazos ante el desequilibrio que el brexit genera. Lo mismo va para los líderes de los otros Estados miembros que parecen decididos a darle a Gran Bretaña el castigo ejemplar de su desprecio a fin de evitar un efecto dominó.

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