Juguemos a matar

El juego es para los niños un ensayo de su vida adulta. Una oportunidad de ser cualquier cosa que se les antoje y obtener los resultados de la experiencia sin pagar el precio de una decisión.

Ser miserable es no tener futuro. Porque la vida se acaba, porque las oportunidades se agotan, porque no hacemos sino repetir hasta el infinito el círculo de pobreza que han andado nuestros padres y nuestros abuelos.

El crimen perpetrado por un grupo de jovencitos de entre 12 y 15 años en Chihuahua, donde asesinaron a un amiguito de apenas seis años, nos arroja como país esa miseria al rostro. La de saber que como futuro sólo nos estamos labrando la claudicación al porvenir.

Decía Juan de Dios Peza —en un poema que no es la primera vez que evoco en este espacio y que se titula “Fusiles y muñecas”— una verdad dolorosamente patente en este caso: “¿Cómo han de ser los sueños de los hombres, más dulces que los sueños de los niños?”. Lo que este abanderado del costumbrismo mexicano expresó encorsetado en las métricas de la poesía, debiera más bien increparnos en el sentido inverso: ¿Cómo los niños encarnarían en sus juegos una realidad mejor que la que ante ellos escenificamos los adultos?

Toda la historia de lo acontecido la tarde del jueves pasado en el norteño estado, cumple con los requisitos para el guión de un thriller.

Casi se puede escuchar a lo lejos la clásica cancioncilla infantil interpretada con susurros que hace surgir la chispa de nuestra inquietud al dejarnos presentir por la tensión entre su candidez y lo furtivo de las imágenes, que lo que presenciamos sólo es un juego en la imaginación de quienes lo protagonizan, pero que en el mundo que habitamos los espectadores, incapaces de intervenir para que la tragedia no se perpetre, equivale a un crimen en su más cruel expresión.

El juego es para los niños un ensayo de su vida adulta. Una oportunidad de ser cualquier cosa que se les antoje y obtener los resultados de la experiencia sin pagar el precio de una decisión. Cuando se cancela esta segunda hipótesis en la que se basa lo lúdico, lo que se está eliminando es la infancia misma como etapa.

La abrupta llegada a un destino que debió quedar mucho más lejos. Christopher que llega a su tumba, sus captores y asesinos que son internados en esquemas de tutela equivalentes a una prisión.

Esta historia no es distinta a la de El Ponchis, aquel joven sicario que tenía en su haber decenas de muertes y que a sus 14 años debió purgar 36 meses de prisión para marcharse a Texas a buscar un nuevo comienzo que no sabemos si encontró.

Esta historia tampoco difiere de la del niño víctima de bullying que murió en Tamaulipas a manos de sus compañeros de clase sin que sus maestros hicieran nada para evitarlo. Cada uno de estos crímenes no es sino la materialización de la verdadera atrocidad que es el entorno enrarecido que hemos generado para la infancia mexicana.

Poder elegir entre un ambiente sano y uno sórdido sólo es posible cuando se conocen ambos. Evidentemente, para miles de niños en nuestro país no existe esta opción. Ellos no hacen sino reproducir el único esquema en el que los hemos incluido, uno de violencia, desconfianza, abuso.

Nuestros niños jugarán, como en este caso, al secuestro, o a la guerra, o a la violación, o al terrorismo, a cual sea el estímulo al que los expongamos, porque a lo que en realidad juegan es a ser como nosotros. Creen, así se los indican sus más profundos instintos, que asemejándose a sus mayores maximizarán sus posibilidades de supervivencia.

Al transformar, para mal, el ambiente en el que crecen nuestros niños, estamos invirtiendo esa lógica.

Hemos llegado a un límite como sociedad cuando jugar se convierte en una sentencia de muerte, en su sentido literal para algunos, en la dolorosa forma de un crimen a cargar desde la infancia para otros.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com