Juaristas para bien y para mal

Al Papa le está yendo mal por haber declarado que si no todos los mexicanos son católicos, sí son todos guadalupanos. Y como no aprendo en cabeza ajena, voy a hacer una generalización que es quizá menos retórica y más verídica que la del Santo Padre: todos los mexicanos somos juaristas.

Ser juarista es quizá una de las primeras posturas políticamente correctas que hayan surgido en nuestro país, lo cual quiere decir que en México, desde hace mucho tiempo, hasta quienes tendrían que ser enemigos jurados del oaxaqueño, le han dado un lugar relevante y positivo en nuestra historia.

“Renegaba de los curas, pero mandó pedir uno cuando iba a morir”, contaban las monjitas del colegio en el que estudié. Algunas de ellas cambiaban el evento, pero no el sentido del mismo, arguyendo que para lo que había hecho venir al sacerdote era para casar a una hija suya. Al final, el resultado era el mismo, volver potable la figura de quien había desamortizado los bienes de la Iglesia, entre otras decisiones que no fueron sencillas de afrontar para la institución religiosa preponderante en el país desde la época colonial.

Y es que es difícil no querer a Benito. Me enterneció particularmente la historia del presidente bailarín que escuché alguna vez contar a Paco Ignacio Taibo. Durante su mandato itinerante, en Chihuahua, unas damas lo invitaron a una tardeada danzante, él les reviró que no podría participar toda vez que sus zapatos estaban todos agujerados. Ya sabemos cómo son las chihuahuenses y, ni tardas ni perezosas, organizaron una colecta con cuyos fondos le compraron unas botas a Juárez, quien bailó sin parar durante todo el evento.

Pero, más que el tozudo liberal, el que nos cautiva es sin duda el niño de Guelatao. El huerfanito que va a vivir al lado de su hermana que trabaja como sirvienta en la capital. El que se las arregla para serle suficientemente simpático al patrón de la casa como para que lo acerque a la lectura, el evento transformador por excelencia, que habrá de traducirse en su título de abogado y en su extraordinaria carrera política.

Admirable, sin duda, la ruta recorrida por el Benemérito de las Américas. Sin embargo, el que más que su herencia política y legal sobreviva su mito, es una señal de alarma particularmente grave para México. Y es que a Juárez se le venera porque comprendemos a cabalidad las dificultades que atravesó. Los mexicanos entendemos plenamente lo que significa para un pequeño indígena oaxaqueño migrar a la capital de su estado y aprender a leer. Vemos como casi imposible su acceso a la universidad y, aún más inverosímil su arribo a la Presidencia de la República porque nada ha cambiado desde entonces.

La pobreza en la que viven los habitantes de las zonas rurales del sur del país es igual o peor que en aquella época. El limitado acceso a la educación y su pésima calidad siguen siendo el sello de la casa en el estado natal de Juárez y en tantos otros. La actitud de quienes le brindaron hogar y alfabetización sigue siendo tan excepcional como lo fue entonces. La discriminación hacia los indígenas no ha hecho sino exacerbarse al punto que, desde la Guerra de Reforma hasta nuestros días, nuestro país no ha parido un pequeño con igual estrella.

Así, el milagro de Guelatao se mantiene, a un tiempo, como el reflejo de lo que podemos ser, pero, sobre todo, como el permanente recuerdo de lo que nos hemos negado.  

Politóloga*

miriamhd4@yahoo.com