Involución

Uno de los puntos constantemente citados como prueba de nuestra evolución, el pulgar oponible, está volviéndose, todo parece indicar, la clave de nuestra perdición.

Éste podría convertirse en uno de esos artículos en los que años después uno se descubre pasado de moda encarnando a los pregoneros de una catástrofe que nunca llegó. Una de esas piezas que, reunido con tus amigos (que al parecer nunca cometieron el terrible pecado de escribir de cosas desconocidas —como lo es sin duda el futuro—) te sacan a relucir cada que pueden como herramienta infalible para invocar la unánime risa fácil. Pero, como pocas cosas son tan tentadoras como conjurar la ridiculez por venir, me lanzo sin red de protección sobre el tema.

Cuando en la Biblia dicen “al llegar la plenitud de los tiempos” pienso que se trata de una suerte de punto de no retorno, de conjunción perfecta entre el momento, el entorno, los actores, que vuelven aquello una época tan maravillosa que el porvenir sólo puede empeorar.

Pues la plenitud de los tiempos, por lo menos en lo que al género humano se refiere, parece haberse terminado hace un par de años, dado que hemos decidido encaminarnos a toda prisa por la ruta de la debacle. Uno de los puntos constantemente citados como prueba de nuestra evolución, el pulgar oponible, está volviéndose, todo parece indicar, la clave de nuestra perdición.

Nuestro carismático dedo gordito, que con la misma alegría golpea la barra espaciadora que inspira cuentos para horrorizar más que para entretener infantes, se ha vuelto la extremidad por excelencia de quienes han decidido emprender la ruta hacia la involución: los eternos texteadores.

La clave no está en la red social o en la aplicación en la que el gordo (dedo con dimensiones que rebasan los estándares dactilares —para todos los obsesionados con lo políticamente correcto—) vuelca sus comentarios, sino que lo hace en un adminículo nacido para la urgencia como lo es el teléfono celular.

Ya el muy apreciado Juan Villoro cuestionaba nuestra insaciable búsqueda de encontrarle tareas innecesariamente compatibles con su función a nuestros teléfonos portátiles cuando ponía en entredicho el aprecio que algunas personas sentían por ciertas fotografías sólo por haber sido tomadas por un adminículo no creado para ello. Hoy, esa propiedad ha quedado irremediablemente liada a la telefonía a través de esa materialización e idealización del narcisismo que es la selfie.

Pero, poco tiempo después, esa versatilidad del teléfono ha ganado niveles muy superiores sustituyendo a la voz de nuestra conciencia. El mensaje que los insaciables pulgares envían a través del teclado simulado en la pantalla, no es otra cosa sino la codificación en palabras (a veces absurdamente contraídas) de nuestros pensamientos. Para los adeptos del compartir cada momento, por banal que éste pueda ser, no hay mayor intimidad que la que establecen con su celular. Y las reivindicaciones de lo hasta hace poco nimio continúan. ¿Quién, en su sano juicio, hace un lustro, oprimiría el signo # (hashtag)? Así, la historia que nunca se contaría, el dedo que nunca imprimió una letra, y el signo que permaneció inutilizado en la máquina de escribir, se convierten hoy en los personajes centrales del despeñadero hacia el que se dirigen estos seres ensimismados para los que fotografiar el viscoso pudín que su abuela les sirvió como postre y taguearlo como #comidaconabuelita, #volveralainfancia se convierte en la razón de respirar en esos breves minutos que tarda en llegar el siguiente hito de su vida.

Había llegado la plenitud de los tiempos, el punto de no retorno, el momento perfecto. Se nos escapa entre los dedos. Bueno, sólo entre los pulgares; los demás tenderán a desaparecer si seguimos involucionando.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx