Infantil pero no menor

Descorrer las cortinas de la intimidad de Alondra Luna fue echar un vistazo a la vida privada de un par de familias que se apartan, por decir lo menos, del ideal de integración.

Su nombre parece extraído de un listado de personajes de García Márquez: Alondra Luna. Lo mismo podría cantar, que danzar. Protagonizar una dramática historia de amor o parir ella misma inefables caracteres que se dieran cita en una novela de esas que uno no suelta hasta que termina de leerlas.

Pero a esta niña en los albores de dejar de serlo no la concibió la romántica fantasía, sino una cruda realidad.

El nombre de Alondra Luna no vive entre tonos pastel y encajes, sino entre padres que secuestran o explotan —o ambas cosas— a sus hijos, jueces que toman decisiones inverosímiles, policías que ingresan a la escuela para sacar a un menor del aula, aviones que te llevan con una familia que no es la tuya y te regresan a una que sí lo es pero que tal vez no quieres.

Que hay una Convención Internacional a cuyo amparo se llevó a cabo el proceso que unió a las autoridades de dos países (tan reacias a cooperar en tantísimas otras cosas), ni duda cabe. Pero de allí a que la lectura que de la misma realizara la jueza primera de lo Civil en Michoacán para ordenar que la menor fuera llevada hacia el país vecino y allí se verificara su identidad, hay una distancia enorme. Aun así, el proceder de la presunta impartidora de justicia, no es lo más opaco del caso de esta chica avecindada en Guanajuato.

Descorrer las cortinas de la intimidad de Alondra Luna fue echar un vistazo a la vida privada de un par de familias que se apartan, por decir lo menos, del ideal de integración. Porque en realidad esta es la historia no de una, sino de dos niñas que comparten el mote del ave canora.

El procedimiento con el que el gobierno estadunidense vinculó al mexicano, fue ordenado por una mujer texana que padece desde hace ocho años la desaparición de su hija. Pero a diferencia de las historias que con frecuencia aparecen en los empaques de leche norteamericanos, a su niña no se la quitaron durante una visita al supermercado o un paseo en algún parque de diversiones.

A esa Alondra se la llevó su padre, el señor Díaz quien, según lo trascendido, contaba con estudios altamente especializados.

Su progenitor, de acuerdo a lo argumentado por Dorotea, la madre que litiga su caso en Texas, la habría internado, sin su permiso, en territorio mexicano.

A la Alondra que se llevaron este 16 de abril de la secundaria en la que estudia en Guanajuato, la esperaba su familia en el hangar del gobierno de ese estado cuando, al no comprobar las autoridades estadunidenses su filiación con Dorotea, fue regresada días después.

Sin embargo, al igual que a su tocayita Díaz, lo que en realidad la esperaba era una familia dividida donde entre los cónyuges reina también la sospecha de valerse de la menor para diversos fines. Por lo menos eso es lo que señala la madre de Alondra Luna cuando cuestiona la decisión de su padre, de “facilitar”, por llamarlo de algún modo, la presencia de su hija en despliegues de índole político electoral; lo que lleva a la madre a suponer que su ex marido obtiene algún lucro con la imagen de su hija.

Ambas historias no son sino variantes de un cuento al que no debemos acostumbrarnos, uno en el que los niños, esos que ahora decimos que están excesivamente consentidos y casi enfermizamente tomados en cuenta, en realidad, nunca han sido llevados tan lejos en la ruta de volverlos objeto. Ya sea para presionar al cónyuge, solventar las frustraciones propias por la vía de triunfos que les arrancamos a fuerza de robarles la niñez en ensayos y entrenamientos, ganar dinero exhibiendo su belleza o reconocimiento haciendo despliegue de su inteligencia, hemos puesto a los infantes a nuestro servicio.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com