Indignación

¿Qué elecciones empoderan más que un aula digna y un maestro adecuado? ¿Qué corrupción es mayor que la de mantener como parte de nuestro cuerpo docente a simples barbajanes?

Hace un par de días, una de las mejores maestras que tuve en la preparatoria publicó en Facebook su asombro y emoción cuando una mujer en la calle le agradeció haber cruzado su mirada con la de ella. Parece un gesto nimio, pero la mirada dignifica. Es una manera automática de declarar que algo nos importa. Ignorar a alguien es borrarlo del mundo, es declararlo tan insignificante que, simplemente se volvió invisible. Es in-animarlo, volverlo objeto, no sujeto.

Mirar, en cambio, es reconocer. Es percibir. Es un puente que necesariamente hay que franquear para transitar hacia la empatía. Te miro y te comprendo. Te miro y hago mía tu realidad. Te miro e identifico lo que hay de mí en ti. Pero, por sobre todas las cosas, observo lo que nos hace diferentes: tus carencias. Confirmo mis potencialidades, al tiempo que comprendo de lo que adoleces y, si soy capaz de iniciar ese viaje, discurro acerca de las formas de acercarnos, aprender de ti y, muy especialmente, traerte hacia el mundo de oportunidades que habito en tu ausencia. Todo ello con sólo mirar. 

Esta semana, la Secretaría de Educación Pública brindó una prueba de una ceguera cruel. Desde un área jerárquica bastante menor, y faltando al más mínimo protocolo que la gravedad del asunto requería, hizo público un comunicado a los medios en donde declaraba que la evaluación para los docentes, piedra angular de la reforma educativa, sería pospuesta hasta nuevo aviso.

Indigna, por supuesto, que claramente pueda percibirse en este golpe de timón el éxito de las presiones de un grupo tan minoritario y rijoso como es la CNTE. Indigna, sin duda, que la democracia en nuestro país sea rehén de sindicatos charros que no tienen mejor idea que amenazar los comicios para hacer que las autoridades reaccionen. Es indignante también que el capital de legitimidad en el que estaba parado el presidente Peña Nieto y que consistía en las denominadas “reformas estructurales” se desgaste a partir de este logro que era el menos discutible de todos los que se inscribieron en los cambios logrados a partir del Pacto por México. Nos llena de indignación el que la voluntad, que seguramente costó conseguir, de un cuarto de millón de docentes que se había comprometido ya en fraguar su carrera magisterial en un sistema de méritos, vea de qué poco valió su buena disposición.

Pero, por sobre todas las cosas, indigna el problema educativo que padece la infancia de nuestro país. Porque eso estamos haciendo cuando permitimos que se dé marcha atrás a un esquema de formación docente del que nunca debimos carecer. Al decidir voltear hacia otro lado y no ver el atropello que esta decisión representa en contra de la niñez mexicana, le estamos negando la mirada que la dignifique. Volteamos a verlos brevemente, identificamos un problema, hicimos hipótesis sobre sus causas, planteamos soluciones, negociamos los consensos que volvieron ley esas propuestas y, justo cuando íbamos a tomar acción, decidimos no ver más. Optamos por distraernos con temas ciertamente menos trascendentes. Porque, ¿qué puede haber de más trascendencia que el futuro de un país? ¿Qué inversión producen los réditos generados por una educación de calidad? ¿Qué elecciones empoderan más que un aula digna y un maestro adecuado? ¿Qué corrupción es mayor que la de mantener como parte de nuestro cuerpo docente a simples barbajanes?

Al retirarle nuestra mirada al problema de la educación en México, estamos privando de dignidad a alumnos y maestros. A eso se le llama indignación.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com